Distorsionados por la luz

«¿Cómo era la historia antes de que todos decidiéramos huir?¿Huimos, realmente? En realidad solo buscamos otros territorios, otras aldeas, otras jaurías y nos acomodamos en ellas. No hubo premeditación. Fue solo necesidad. A veces, apenas la ocasión de mudanza. Un cambio de aire.»

Gira el volante. La camioneta se desliza con suavidad por el playón del estacionamiento. El hombre levanta la mano, saluda a la guardia, sale sin prisa. Todo tiene un desértico estatismo. Atrás, queda un bullicio intrépido y vocacional. Piensa en sus aspirantes, un momento. Sentados ahí, en el cuarto sin alas, discutiendo un pasado de estrategias. El hombre los llama “los del casting”. Siente por ellos una liviana compasión.

 «¿De qué están constituidos los regresos?¿Cuánto de nostalgia hay en la ansiedad o la ansiedad es solo una sensación salobre en la mitad del pecho y una percepción de lazo no ceñido pero presente, en la garganta?», piensa, mientras la camioneta toma la cinta asfáltica y se desliza sobre ese lomo gris y sin escamas, una serpiente fabulosa, una serpiente mítica —omite pensar bíblica—, un duro lazo con el progreso dentro de esa zona sin lloviznas. Mientras piensa, ve refulgir ese cielo constante y singular, donde nada refleja lo que ocurre en la tierra sobre la que se esparce su fulgor.

Los del casting lo tienen sin cuidado. Se quedan allá, en el edificio parco y alejado del mundo de todos los demás. Se quedan, atrapados con sus postulaciones y sus expectativas. No sabe si le interesa el porqué de los del casting. Eso viene después. Los porqués que exponen no suelen ser jamás los verdaderos, los íntimos. Eso, se ve luego, cuando comienzan los desafíos y no porque los del casting los revelen, sino, sencillamente, porque afloran desde el inconsciente.

«Tendría que ocuparme primero de mis porqués», piensa, en voz alta, mientras con la mano derecha y sobre el volante, va acompañando el ritmo de la música que escucha. Es un gesto automático, de muñeco a resorte. Tiene esa costumbre. Bailotea, incluso sentado y conduciendo. La carretera vacía facilita eso de ser naturalmente grotesco en la confortable soledad de la camioneta, bailando sin bailar, «moviendo el culo», se corrige. «No bailo, muevo el culo», se corrige otra vez y percibe ese paisaje ancho y solitario en que se adentra como una nota inoportuna y casual. Una desafinación, dentro de esa enorme armonía exterior, donde los siglos pesan con una actitud consolidada.

«He vuelto y aquí estoy. Esta es la tierra que siempre recibe mis huidas y es a la que huyen los que son como yo. Quizás, algún día, sobremos también en este lugar áspero. Pero está lejos ese momento. Puede que la historia no nos dé tiempo a sobrar también aquí.»

El paisaje lo atrapa con sus manos de polvo caluroso. La música prosigue. No hay pájaros. Luego de unas cuantas canciones, la ciudad.

Ensoñación de peces sin la luna

El reloj que compré por la tarde pulsa los segundos como si fueran gotas. Es un ruido de gota a gota su tiempo recorrido. Gota a gota, constante y atrapado momento repetible, una y otra vez, parejo, sin errores.

Los errores son míos. Y permanezco en ellos mientras la luna ha desaparecido de los vértices y llega hasta el velero un remoto mar hecho de pueblos que han sufrido guerras desde que el tiempo es tiempo.

En el momento en el que estoy, sin luna y con el mar, soy como una red que se termina. Se ha ido destejiendo y rompiendo contra el fondo. La han mordido los peces de colores que atrapó alguna tarde en que ser optimista; se ha enredado en arrecifes sórdidos y corales agónicos y ha terminado por perder su trama en pos de innumerables agujeros por los que escapa el mar del sinremedio.

El velero responde a las consignas. Produce un chapoteo de mar de invierno en su espejo de agua, uncido al muelle lo mismo que un animal indócil al que su dueño amarra en los traspatios.

Quizás, como yo, busque una isla su espíritu de proa y por eso, la sueñe en una distancia sin timones, como un solo de viento sobre el mástil. Una isla en un mar ancho de cantos que atraiga hacia sí a los peces pobres y les pinte pequeñas epopeyas costeras en las escamas rotas.

Una isla, quizás, donde las viejas redes que han atrapado muertos y tesoros, puedan quedarse debajo de la luna a remendar sus penas con hilos que otros navegantes desdeñaron.

La noche cierne estrellas sobre la cubierta y cae un frío sin luna encima de las velas recogidas.

Esta vez, aquí, mirando este mar que me envuelve, soy una red que nada hacia algún nombre que se le escapa entre la oscuridad, llevándose los peces del silencio.

Desde el muelle alguien pregunta si salgo a navegar. Digo que sí.

Puerto seguro

El niño está encargado de cuidar a otros, más pequeños. Los tiene a su alrededor y les cuenta historias que los distraen suavemente del desastre.

El niño narrador hace gestos con sus manos, cambia la voz de acuerdo al personaje del que habla, hace ademanes teatrales, a veces sorpresivos, que alborotan al corro que lo escucha.

La corresponsal de la BBC le toma fotografías. Sonríe mientras hace esos retratos de niños que oyen cuentos. Enfoca bocas entreabiertas y asombradas, ansiosos ojos grandes, sonrisas en dispares estados de dentición. Hay niños de todas las edades rodeando al niño narrador.

Por fuera de ese pequeño ámbito ilusorio, los hombres se mueven dentro de la tragedia. Siguen tratando de rearmar el mundo.

Las mujeres tienen prohibido salir del perímetro para conseguir leña. Trabajan con los hombres en la reconstrucción. Todos usan los materiales rescatados y los que no están demasiado arruinados todavía. Los apilan, los revisan, los seleccionan con cuidado. Luego los transforman en casas. La corresponsal de las BBC las inmortaliza en una serie de documentos fotográficos. Mujeres de ropajes coloridos, cubiertas por telas que parecen un festival de arte, revolviendo lo que queda de una aldea quemada.

Hay algunas pocas vacas esqueléticas que caminan también entre los restos. Vacas y cabras. Vagan como perdidas a sus dueños, sonámbulas y espantadizas. Como las mujeres, tampoco pueden salir fuera del cerco.

La corresponsal de la BBC las captura con su cámara. Captura sus ojos atónitos y mansos, que se detienen a mirarla. Captura sus flancos huesudos y su pellejo magro. Se pregunta cómo pueden sostener el peso de los largos cuernos que exhiben sus cabezas calavéricas.

La impaciencia de la cámara recorre aquel espacio múltiple. Ahora retrata a los hombres armados, polvorientos, transpirados y alertas, que hacen guardia en puntos estratégicos.

Retrata al médico joven sentado a su pequeña mesa de consulta. Retrata su larga fila de pacientes. Hombres y mujeres que llevan muchos niños en brazos. Retrata a la enfermera que asiste el pesaje de los niños. Retrata a los niños, colocados en una balanza romana, como una bolsa con frutas de mercado se pesa en un platillo que pende de una improvisada tirantería de caño.

El lente de la cámara regresa al niño narrador.

Repentinamente todos los niños corren. Algo sucede fuera del ángulo de la toma que solamente capta ese darse a la fuga de los niños del corro.

La corresponsal de la BBC baja la cámara y observa el claro donde ahora los niños se reúnen y gritan y corren.

El Mayor ha conseguido una pelota. Ha rescatado una pelota en el desastre.

La corresponsal toma una foto del partido de fútbol en que los niños juegan con los hombres armados.

Todos ríen.

Es un momento de felicidad inmortal el de esa foto.

Rajel, entonces, llora.

(Del libro: Caída de las patrias)

Las zonas inexactas

El cornetín del vendedor de churros, sobre el hálito fresco del atardecer, le hizo volver los ojos.


A través del vidrio, esmerilado por la cantidad de tierra acumulada sobre el paño, se producían esos reverberos sepias, asincrónicos, de la gente al pasar por la vereda como sombras un poco más densas, más compactas, dentro de esa especie de humo.


La corneta emulaba el grito de Tarzán llamando a sus elefantes en medio de la selva. Se repetía a intervalos regulares, precisos. Íntimamente el oído se preparaba para la repetición, casi la esperaba en un estado de necesidad acústica. La corneta del churrero sonaba en sus pocas notas, manteniendo un crescendo paulatino y luego, ya superada la tangencialidad con la ventana polvorienta, un diminuendo lento, metódico, hasta que el oído la olvidaba.


Durante la infancia de Samuel Casterán, un sonido corriente en las calles de su ciudad había sido la bocina con el tema de Il sorpasso, famosa película de Vittorio Gassman.


Nadie se privaba de acoplarle a su automóvil, camión, chata, rastrojero y por qué no a su moto (neta o cicleta), aquellas notas que parecían una especie de estentóreo vagido de la época, una advertencia general sobre un cambio de rumbo, un grito desbocado que preanunciaba un suceso fatídico.


Casterán había nacido un año después de la Revolución Libertadora y bajo su régimen, donde un peronismo proscrito intentaba en las fábricas no ser reemplazado por un comunismo simbólico que pretendía ajustarse al cuerpo obrero sus banderas, prácticamente con un éxito también simbólico y degradante para su militancia. Muchos intelectuales de la época – si no casi todos – lo practicaban como a una moda de cafetín o de conciliábulo secreto, que, diferenciándose de la doctrina, equiparaba las razones de quienes optaban por ella, a la creencia humana de justicia e igualdad social, que en el fondo son valores de la especie, apartidarios y apolíticos; son valores, solamente.


Recordaba esas palabras de su abuelo dichas alguna vez en que hablaron de su padre y casi sesgadamente también de su madre como seres mencionados al pasar y entremezclados con la cosa de la bandería, cuando Casterán ya no era siquiera un adolescente y su abuelo era un anciano más allá del bien y del mal, superviviente a una vida entregada a entrar y salir de diversos infiernos y que prefería no tener relación con los recuerdos que había dejado lejos, cosa que compatibilizaba a la perfección con la posición de ese nieto que la vejez le trajo por avión, como a un paquete que la mensajería entre países hubiera extraviado allá lejos y hace tiempo.


De su infancia, Samuel Casterán había tachado la mayor parte y solamente recobraba flashes extemporáneos, como el sonido de Il sorpasso en las calles de la ciudad rebelde y combativa.


Tachada o dejada atrás, la infancia era un hecho que Casterán había optado por derrumbar de su memoria, como a una zona en ruinas a la que nadie accederá luego del bombardeo. A veces se sentía un fantasma extraviado que entraba a aquel lugar casi por equivocación y encontraba su cuerpo inútilmente mutilado.


(De: Zonas inexactas – ed. 2012)

Fronteras adentro-primer asalto

— Algún día…te vas a enterar que para manejarse bien en esta jungla, tenés que ser el rey de los animales.

Ella bajó la mano que siempre levantaba y jamás estallaba en mi mejilla, a pesar de todas las intenciones de sus ojos. Siguió de largo y estuvo mimoseando al pendejo con sus aires entre doctora y gata, indefinibles entre el morbo y la simpatía o el afecto. Yo me apoyé en la puerta entre las salas, para mirar a Viviana haciendo alarde de su femineidad descomedida, mientras limpiaba, generosa, todos los machucones del pendejo e inventaba algunos pases mágicos verbales, para caer maternalmente exacta.

A ella le molestaba mi mirada. No podía trabajar cómoda. No podía consolar.

El pendejo también me miraba, de vez en vez y yo le iba aprendiendo su primer miedo.

Así que yo venía a ser el primer hijo de puta –más hijo de puta que él– que se encontraba en su camino y eso le hacía tomar una drástica conciencia de que había algunos con los que se podía joder y algunos que lo podían joder a él.

Cuando terminó su trabajo, Viviana, compasiva y enternecida le dijo «dormí un poquito, que ya te vas a sentir mejor» y se volvió a la salita de adelante.

Regis no había llegado todavía.

La doctora no entornó la puerta, negando, con ese acto, privacidad a las dos dependencias. Recién después se volvió a mirarme. Tiró los algodones sucios en el tachito.

—Oíme, hijo de puta ¿Por qué dijiste lo de la cama? Yo no me acostaría ni borracha con vos porque sos un hijo de puta que está acostumbrado a salirse con la suya, no le importa cómo porque se caga en todo, absolutamente en todo —me reprochó.

Pensé que había dejado la puerta abierta a propósito. Seguramente quería dejarles claro a los de la otra sala que ella no avalaba absolutamente en nada las cosas que yo hacía y que se veía obligada a aceptar mis izquierdas porque ahí venía a ganarse el mango, pero entre ella y yo, ella decidía levantar la barrera de su decencia y dejarme a mí la indecencia completa.

—Te hago cierta la fantasía, mamita ¿No decís siempre que soy un animal? —la sobré.

—No siempre. Tenés tus momentos —recapacitó, como si pensara que si pasaba algo serio de todo lo que le había vaticinado sobre que mis internos la violaran por lo provocadora que se vestía, el único realmente capacitado para evitarle la situación era ese animal que ella cuestionaba.

—¿Pensás o no pensás que soy un animal? Decidite, torda —la apuré, burlón.

—Cuando te sacás y hacés estas cosas, sí.

Asombrosamente, descubrí que no me trataba de usted ni me soltaba el «licenciado» cada cuatro palabras. Eso me dio una sensación depredadora y se me hizo agua la boca.

—No me saco yo. Me sacan… A ver, ¿decime desde que estás a cargo de la sanidad, cuántos pibes fajé? —quise saber.

—Varios.

—¿Con motivo o sin?

—Qué sé yo. Vos siempre tenés excusas, siempre, según vos, tenés motivos. Lo hacés con todo. Como cuando te colgaste de la luz y no pensaste que esta es una repartición del Estado y que robar luz en un delito.

—Son chicos… ¿Los podías dejar sin luz? Con una mano en el corazón, torda, decime ¿es justo que además de estar en la jaula, la jaula no tenga luz porque el Estado ese que decís no me manda las partidas en tiempo y forma? ¿Cuál de las dos cosas es más delito, torda?¿Qué los chicos o sea “los bienes tutelados” tengan que vivir en la oscuridad o que yo conecte dos cables de mierda para que por lo menos vean lo que comen a la noche y puedan leer las cartas de sus viejas? —rebatí.

Ella apretó la boquita como si le hubiera hecho cosquillas y no se quisiera reír.

—Tan bravuconcito… tan matoncito…¿Te escuchás lo que decís? En el fondo sos pura ternura —me contestó— Eso creo, que no querés mostrar el fondo porque ahí solamente hay ternura y si te la ven, fuiste.

—Y yo creo que justo por eso, te masturbás pensando en mí.

Me miró y sonrió. «Pelotudo…», bisbiseó, pero para ella sola y se puso a acomodar algunas chucherías, dándome la espalda.

—Igual. Te pasás de mambo. Cómo vas a decir que te encamás conmigo si no es cierto —expresó después, en voz alta y contrariada— ¿Qué estarán pensando los internos?¿No se te ocurrió?

—Vos nunca vas a terminar de entender cómo funciona la cosa…—le respondí, desganado.

—Ya sé que son todos delincuentes… pero el primer delincuente acá adentro sos vos. Sos el jefe de los demás. No se salva nadie acá, de vos para abajo.

—Ah…entonces, después de tanto tiempo, lo entendiste… pero te gusta tu papel de boludita…—la empecé a sermonear.

Para ella fue suficiente.

Me cagó el sopapo, que de repente dejó de ser la tan postergada hipótesis de él y me dio vuelta la cara, además del motivo que buscaba para agarrarla, contenerla y apretarla, porque lo que había dicho de la ternura y todo eso, me había hecho enojar. La psicología de cuarta de las minas maternalonas de puro minas, me jode infinito.

Quedó contra la mesada, entre la mesada y mi cuerpo. Temblaron algunos frasquitos, que hicieron un ruido vidrioso y cascabeleante.

—¡Soltame! —balbuceó pero, sin embargo, no forcejeó.

Incliné un poco la cabeza, buscando el ángulo exacto de su boca. Mientras la besaba le acaricié los pechos. Se irguieron enseguida, endurecidos, a través de la remera.

Avancé, contabilizando la platea y ese aire en suspenso, hecho todo con densidad caliente y agresiva.

Ella aceptó mi lengua dentro de su boca y yo sus manos en mi espalda. Bajé. Busqué. La firmeza de las nalgas movedizas me ocupó las dos manos. Las distraje un rato ahí, levantando la faldita hacia la cintura y bajando las bragas para que no molesten. Quería un animal en guerra, tenía una guerra animal.

Viviana ni siquiera dijo que no. Estaba mojada, muy mojada y todo ese jugo caliente y difusamente salino me impregnó los dedos con una humedad espesa, mientras la doctora se arqueaba levemente, con un quejidito sofocado, mordido, de una boca dentro de la otra, de un instinto respondiendo a otro. Agitada, Viviana respiraba fuerte, con ruido. Pensé que estaba tan caliente porque la excitaba la brutalidad –según ella– con la que yo manejo el Albergue o la brutalidad general que ostentamos todos acá, como dijo ella, de mí para abajo. Moverse entre fieras, entre animales. Hacerle mimitos a esas bestias sin casta, capaces de matar sin remordimiento, jugados sin esperanza, por más esperanza que nosotros intentáramos –nosotros, los que ideamos este proyecto y que ya habíamos estado en la misma– crear para ellos. Y la excitaba desafiarme a mí, buscarme la respuesta, la mordida, el ansia siempre insastifecha. Lo que dijo de tierno, fue para despistar.

Regis tosió en la puerta. Viviana escapó al baño. Los pibes llenaron el aire de rechifles reprobatorios y de gritos.

—¿Qué hice ahora? —me preguntó Regis, frente a tanto chiflido e insulto mañanero.

—Es su poco sentido de la oportunidad, Regis. Les interrumpió la porno y puso a Chaplin —le batí.

Regis dijo un largo «bueh… licenciado, usted también…» y se dedicó a sus cosas ahí adentro. Yo opté por ir al comedor a desayunar.

Viviana se había encerrado, así que antes de salir le golpeé la puerta del bañito.

—No tengo SIDA, Vivi —le aclaré— ¿Me abrís?

Siempre me gustaron los baños.

(Del libro: A fojas cero-páginas sin orden)

Gato en la oscuridad

— La suya es una conducta.. ¿cómo llamarle? ¿extravagante?

Terminó de acomodar los frascos mientras me hablaba, de espaldas, por supuesto, para que los dos tuviéramos la misma oportunidad. Yo de ver y ella de mostrar.

Yo veía y palpaba al mismo tiempo, pero todo con los ojos.

Medía blandura, firmeza, turgencia, plasticidad, mientras las nalgas que la pollera de jean apretaba, se movían con ese ritmo del orden por todo el consultorio.

Tenía que adivinar. No era como otras veces en que la pollera de tela liviana le marcaba los elásticos de la tanguita. Era una especie de armadura esta pollera, que me obligaba a esfuerzos de imaginación, mientras ella, la dueña de la pollera, con sus doradas piernas al aire subidas en zapatos de un taco minúsculo, se desplazaba de la vitrina-alescritorio-alamesada-alacamilla, con una habilidad envidiable para mantenerse de espaldas a mí.

—¿Extravagante? —pregunté.

Giró un poco la cabeza, de modo que la densidad de su cabello apenas ondulado, describió una parábola sobre el hombro y cayó hacia adelante, al vacío.

Ella estaba en cuclillas, guardando algo en los cajones inferiores del armario.

El pelo goteaba, libre, enmarcándole la cara vuelta hacia mí.

Sonrió y se incorporó.

—No usual —explicó.

Supongo que hacía referencia al momento anterior, en el que me había preguntado:

—¿Estuvo sermoneando a los muchachos?

Y yo, que regresaba del dormitorio de los grandes, le contesté:

—No. Fui a jugar a las cartas.

El truco es una buena terapia y nosotros teníamos organizado un campeonato ahí adentro. Timbeaba todas las noches con los muchachos, mientras escuchábamos radio. Oíamos siempre el mismo programa, que conducían dos minas rezarpadas. A veces las llamábamos por teléfono y nos divertíamos un rato, intercambiando ocurrencias. Las Locu de Noche nos daban mucho calce. Siempre pasaban los temas musicales que les pedíamos. Además, estaban organizando una joda para despedir el año y los muchachos me tenían en ablande. Querían ir. Yo también quería que fueran, pero alguno la tenía que jugar de duro, así que les dije que la salida dependía del comportamiento de ellos y agregué:  «Siempre, todo, depende de ustedes».

Les quería decir muchas cosas con esa frase, pero como se me quedaron mirando, tuve que ampliar los conceptos, así que agregué:

«Ustedes son los carpinteros de su propio destino. Imaginensé que el destino o el futuro es una especie de cerro. Van a poder subir en la medida que comprendan que tienen dos cosas fundamentales para conseguirlo: los brazos, con los que van a romper todas las piedras que le impidan avanzar y “la mente”, para saber dónde es arriba cuando hayan corrido las piedras».

La doctora se quitó la chaquetilla y la colgó del perchero. Apagó una de las luces.

Su cuerpo ceñido igualmente por remera y pollera corta se hizo esquivo como una sombra. Casi impalpable.

La Ríos es de esas minas a las que les gusta andar tostadas, así que, carne de cama solar, tenía ese colorcito crocante en las piernas desnudas y macizas.

La remera sin mangas desnudaba los hombros y dejaba pasar la impertinencia de un bretel del corpiño. Lo usaba negro. Debía ser de encaje, supuse, por las mías.

—¿Y cuál sería la conducta usual o no extravagante? —pregunté.

Volvió a darme la espalda.

Se recostó con el vientre sobre el escritorio, para alcanzar algo en los estantes del mueble al que el escritorio estaba adherido.

La pollera subió sobre los muslos. La tanguita era negra, haciendo juego con el corpiño.

—Quizás la distancia, licenciado —me contestó, regresando a la posición normal, con un libro en las manos— Usted no parece un director. Los directores, por lo menos los que yo conozco, se limitan a dirigir. Están en su despacho, por allá, inaccesibles. Creo que eso les confiere cierta dosis mística de autoridad. El ser inaccesibles porque son los directores —siguió diciendo, con una sonrisa.

—¿Usted piensa que carezco de autoridad? —me asombré.

—Yo creo que usted es el capitán de una banda de forajidos —dijo, alegremente y se puso a reír con una risa explosiva, cascabeleante, que le hizo saltar los pechos como enormes vasijas de agua endurecida, provocando un terremoto en la remera y en la mejor parte de mi mismo— ¡No se ofenda, por favor! Se lo digo sanamente…Usted es muy atorrante…Yo lo miro y no sé, tan desacartonado, tan desprejuiciado ¡Mire como se viste! ¿Se dio cuenta que anda como un rolinga? ¿Con el vaquero roto? ¿en zapatillas? ¿con esa chombita que está desteñida de tan vieja?

—¿Está mal?

—¡Es raro!… qué sé yo. Los directores no masillan vidrios ni arreglan motores ni se ponen a cantar rock o a jugar al fútbol con los chicos.

La puso nerviosa que yo me sonriera, sobrando los argumentos que me exponía. Apretó el libro contra los pechos, aplastándolos, para defenderlos de mi mirada.

Los labios se entreabrieron, con lentitud, dejando ver los dientes mordiendo la puntita roja y brillante de la lengua.

—¿Y eso…según usted… quebranta el principio de autoridad?  —insistí, sin desclavarle los ojos a su actitud protectiva.

Ella me dijo que no, con la cabeza.

Caminó hasta el perchero, por delante de mí.

Olí su perfume, el que se desprendía de su cabello en movimiento.

Estábamos muy cerca.

Me miró a los ojos y volvió a sonreír, como un mordisco jugoso, pero enseguida fingió pudor y se puso a hurgar en la cartera, buscando algo que sus manos no encontraban.

Demoraba de esa manera la cercanía, como se demora lo que se desea, para lograr todo el sabor al conseguirlo.

Yo seguía apoyado en el marco de la puerta, desde que llegué.

Ella se inclinó sobre la piletita y empezó a apretarse los ojos, para quitarse los lentes de contacto. Medio reclinada como estaba, se le notaba una pancita combada y deliciosa bajo el cinturón que ajustaba la falda escasa.

Sonreía, de perfil a mí, quitándose los lentes.

Volvió a echarse el cabello hacia atrás, desplazando la penumbra, en un vuelo suicida hacia mis intenciones más oscuras.

De su oreja izquierda pendía un aro plateado, que se bamboleaba acompasadamente, obedeciendo los movimientos de su cabeza.

Los dos sabíamos que ella no estaba ajena al temblor de mis ojos en su figura.

Se sentó y sentada, la pollerita formó una línea tirante frente al principio de la tanguita. Los muslos salían rellenos, gruesos, imposibles de obviar, desde aquella frontera tirante a perturbar mis ojos, que ya no se cuidaban de mirar lo que había en oferta.

La guachita me probaba la fibra para resistir.

Cuando se fue al baño, se desencadenó un tumulto en la sala contigua, donde estaban aislados los enfermos de gripe.

—Tumbatelá de una vez… —me sugerían los representantes de la banda de forajidos que según ella yo capitaneaba.

Como el murmullo crecía en proporciones y me molestaba los oídos, me acerqué a la puerta de comunicación entre ambas salas y me apoyé en el marco.

—Les voy a explicar una cosa, manga de pajeros…—dije— Donde se come no se caga.

(Del libro: A fojas cero-páginas sin orden)

Escríbeme, Jael

Yo sabía que había un tigre debajo de la cama, un orangután en el armario y una araña gigante dentro de un zapato.
Te amaba tanto que para que durmieras tranquila me levantaba por las noches y les daba de comer al tigre, al orangután y a la araña.
José Sbarra

Quizás es que estoy triste y entre el silencio te llegó mi escombro. 

El Word abre despacio y las ideas se desmoronan en un polvillo suave; un polvillo doméstico de maderas de barcos y hojas de novela que acompasan a mis tiempos sin luz.

Increíblemente, tu boca aparecida llena de heno y de camino el aire, con esa, tu escrupulosa mansedumbre de recopiladora de abalorios en los estantes de las bibliotecas. Incunables del tiempo tus recetas para sobornar peces y convencerlos de vivir en cántaros.

Algo se despierta en mí. 

Ese que solamente soy a veces, despereza su boca de cantar. Sonrío con deseo de sonrisa y pienso que has llegado con el atardecer que te es tan propio y que todavía puedes hablarme de un mundo sin esquinas en el que por la noche, colgarás tus guirnaldas para que yo me olvide del gemido.

Confesaré que en esta falta de magia en la que últimamente se me ultima la vida, me haces falta ¿Para qué negarlo, si es así?

Creo que cuando surges del silencio, con tu forma natural de tender puentes que quedan sin cruzar, se refrescan los cuartos de todas las pocilgas donde hago apenas noche con mi insomnio y desde tus desayunos sale un sol al que no deseo poner nombre pero que existe callado y melancólico en un horizonte de montañas.

Tú ahí. Yo aquí. 

Y el arcoíris. 

En medio, alguna vez, el arcoíris.

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