CALCETINES USADOS – NOPOEMAS CANSADOS

Calcetines usados

No me importa si el tiempo desparrama

estrellas fluorescentes de papel de envolver pura basura

encima de mis tzabras

y prodiga letrinas por aquí y más allá

y se prodiga

como un Papá Noel que come insignias de niños Boy Scout.

Me da lo mismo el que me trae ramos de flores

de pimientos

mientras me dice que me muera rápido

o me vaya a la puta que me remil parió,

–eso sí, en voz muy baja y siempre sonriendo,

 por si acaso sea menos sordo

de lo que parezco realmente–.

En la displicencia locuaz de la tajada gorda

se agolpan moscas plácidas

de cabecitas rojas y lenguas lamedoras de la parte más dulce de la mierda,

esa, de jugo aconsejable

para la buena procreación de los parásitos.

Así es la vida excepcional que llevo

colgado de la vida

como un simio que aprendió a masturbarse

encima de su fama.

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Gigantismo menudo

Hay tiempo para todos los hedores y todos los helores.

Las campanas repican como risas de vidrio

contando historias sin protagonistas

mientras bailan las fobias y los débiles

una danza de tribu que sufre paludismo.

Espástico y feliz mientras retoza,

el brujo se identifica con los dioses que le dan la espalda

y jura que se parece a todos ellos

e igual que un hijo impródigo asesina a su padre por la herencia.

Hay seres que lejos de los seres

sólo inventan dibujos de hombres diminutos como ellos

para poder saber de pertenencia.

Escriben su propia gigantografía.

Una vez ya gigantografiados escupiendo la pequeñez de todo lo que es próximo

los invade la felicidad de odiar al resto

tranquilos y sin culpa.

Están tan altos y son tan pequeñitos

que sencillamente, gritan solos donde nadie los ve.

*

*

Fear the walking dead.

En la voluntad obsecuente de las sacerdotisas

que viven aconsejadas por la rabia de su virginidad

consagrada a dioses fálicos sin falo

hay una frustración sabrosa y rubia.

Hacen que te imagines sus pezones que ruegan,

sus vaginas que se han puesto agrias,

sus cinturas usadas por el cilicio de la tradición

que empieza con el: ¿Y qué van a decir?

(los vecinos, el cura, las sirvientas, el jefe, las almohadas,

los padres que se iban de putas, sin problemas,

y las madres que se iban de santos

dejando esas sacerdotisas reverentes al cuidado del miedo).

Frágiles y enamoradizas como ninfas prepúberes

no diferencian a un sátiro de un eunuco.

No se animan a diferenciarlos.

Conque parezcan un hombre les alcanza

para sentirse bellas

como las muertas recién retocadas

–antes del funeral–

 por los sepultureros.

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Espejos que se queman

Si tuviera que explicarlo

volcaría sobre el papel una copa de vino

que luego aplastaría con un golpe de puño

disfrutando de los tajos que sangran encarecidamente.

Algo nos une en un suplicio que no se ha inventado

más que para nosotros

y que tiene lo abstruso como meta sensible.

Caminamos con él y por él, lejos de toda automaticidad.

Borrachos puros que repiten su escena de naufragio,

Sísifos que corren tras su piedra

cuando rueda y les aplasta las pisadas.

Hay algo en que vibramos como historias que no se nos parecen

pero que hemos vivido en algún lado, ocultos,

un lugar en nosotros,

un valle que aún no ha sido bombardeado

atrapado en una zona de conflicto bélico

y se mantiene verde.

No hemos sido expulsados de nuestro propio espejo

y, como una raza fuerte,

aún recordamos el idioma en el que sernos

cuando estamos a solas en nuestro único y extraño diccionario.

*

*

Bocado típico

El mensajero piadoso ha llegado prodigando lengua

lamiendo a los usuarios del ego

como un artilugio de conquista.

Los egos son sencillamente conquistables, aduladora-mente.

Ceden con fragilidad a las cosas que creen de sí mismos

y se entregan

jubilosos y acríticos

a la seducción lenguaraz.

Las aves arpías y los endulzadores de orejas se parecen

en sus formas de guerra.

Desarrollan su estrategia desde la debilidad

o desde la inocencia que otros les atribuyen

y luego

arteramente

desollan a la presa que otros matan por ellos

porque está en su naturaleza la carroña.

Pero a los egos gordos no les importa

de qué dolor se alimentan los caranchos.

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Los que piensan que saben

Lejos de las historias imparciales

y de los manifiestos infantiles

de gente que no ha visto el filme “Un día perfecto”

la verdad se desliza como una rata parca

que conduce un ejército dentro de un laberinto

cloacal.

Qué deprimentes son los pálidos ángeles

que gritan desde el sillón frente a la tele

como si estuvieran bajo fuego y atrapados

dentro de la trinchera.

No entienden y no saben de qué hablan y aún así, se enfervorizan

y enfebrecen

y atacan con la artritis miserable que tiene la ignorancia

porque la ignorancia, además de ser minusválida

es soberbia

deformada y soberbia.

Ya no discuto con los dueños de la verdad,

como ya no discuto con la ONU.

Sinceramente, lo que opinen o dejen de opinar

me importa un pedo.

En el barro, soy yo el que chapalea.

Y ellos

son lo que me critican desde la cocina de sus casas.

*

*

Manos de cloaquero

A quién le importa cuánto se pierde de sí mismo

en pos de los demás,

de esos otros demás que son sólo una espalda

dispuesta a dar la espalda

o en peor caso, un puño, dispuesto a ser un puño.

En la guerra y la paz, el hombre es solo el hombre.

Y a muchos les resulta lo del “disfraz de bueno”

mientras venden al prójimo para alcanzar scoring

y mantener su performance flotando.

Lidiar con el vacío es resignarse a la desesperanza.

Es habitar a solas en lo solo

con las ideas que te hacen solitario igual que un invidente,

negar la realidad y mantenerse en pie

como un islote que se desmorona al pie de los tsunamis.

Nadie vendrá por el que siempre va.

Y el que va siempre, no puede ir por sí mismo

a tenderse una mano.

Las dos tiene ocupadas con los otros

que intenta rescatar

y que lo ahogan mientras se salvan

victoriosamente.

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Derrota náutica

Yo sé que nadie entiende lo que escribo.

Soy un bulto cerrado.

Eso que nadie compra por temor a clavarse

con cosas que no quiere ni le importa tener.

Todos tienden a ofrecer excusas

que suenan razonables como suenan las excusas impropias,

esas

que apañan las no ganas de hacerse problema,

las no ganas de tener un momento para el que tiene

–siempre–

 momentos disponibles

y nos asiste en nuestra adversidad.

Me he vuelto, al fin, radiólogo.

O como se le diga a eso

de ver la intención que tiene un hueso roto

de no soldarse nunca.

Diagnostico en el caos y en la paz.

Tengo ojo clínico para la displicencia

y me he ido de farra con demasiadas putas

como para decir que aún estoy virgen.

Si no suelto el timón

es porque estoy completamente convencido

de que mi mano marca la deriva.

Será soberbia endógena lo mío.

*

*

La garganta del diablo

Con qué simpleza corporativa funciona el aquelarre.

Todo es tan fácil en su viciosa incompetencia

como el vuelo de una mariposa gorda

que termina quemada por la vela que adora con su danza.

Todo les da lo mismo a los acólitos del menor esfuerzo,

 aunque después rebuznen en reclamo de la ración diaria

de esmero y sangre ajena.

No se acercan a los escupitajos ni a las fuentes con muertos.

Prefieren los atardeceres románticos,

las mariposas estomacales aunque indigesten,

los pajaritos, las flores de papel,

los melodramas horriblemente escritos

y los poemas que ya escribieron todos.

Cuando necesitan el apoyo del que sabe por viejo

van y besan al diablo

como apóstatas.

Últimamente colecciono capas de oro

tejidas sólo con lenguas de serpiente.

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