Letargia

Recuerdo, a veces, momentos de vigilia interminable, donde los días eran todos el mismo, largo y apocalíptico, un día sin fin y sin frontera.

Cargábamos las armas y nos acomodábamos en sitios estratégicos para poder defender el hospital del presagiado asalto, porque los presagios de asalto laten en el aire y los pájaros se los cuentan unos a otros, en las ramas que habitan. La tierra tiene un silencio estable. El animal que ruge, ruge de otra manera. Y hay un olor frenético en el viento.

La muerte se agazapa y aguarda, de ambos lados del hombre.

Recuerdo esos momentos en las viejas aldeas devastadas, en la mutilación de los cadáveres, en la explosión del disparo con el fusil pegado a la mejilla y en la quietud interminable del mundo cuando lo que yace muerto frente a tus ojos, es un niño.

Ahora tengo mucho tiempo para pensar. La memoria es un territorio implacable.

Pienso en algo que me dijo Nurit en alguna de esas sesiones en las que echamos un pulso trabajoso, que los dos terminamos por abandonar sin vencedor.

Le fui contando cosas de mi vida, casi sin darme cuenta y ella las fue anotando con su árabe caligráfico que parece un tapiz de flores impulsivas.

También le pregunté por qué escribía en árabe y me respondió que es su lengua materna y es a través de la lengua materna como los hombres desciframos el mundo. Luego agregó: «Y tú escribes con mucha más intensidad en español que en hebreo, así que entiendes de lo que te hablo».

Entonces ella me dijo que aunque lo haya negado toda mi vida, el daño irreparable que sufrió ese niño del que me he despojado, está instalado en mí. Que aunque yo sea la personificación del resiliente, siempre el daño subyace en la conducta, aunque haya conseguido manejarlo hacia afuera.

Llegó a una conclusión a la que yo llegué mucho antes que ella, porque no hay mejor psiquiatra para mí que una hoja en blanco.

Dijo, también, que puse la rabia al servicio de otros; que maximicé mi potencial de rabia aplicándolo a la defensa de gente que yo considero noble, buena, solidaria y abnegada; que volví útil toda esa rabia y esta capacidad de matar sin culpa lo que considero pernicioso y dañino para esa otra parte que defiendo. Y agregó: «pero la rabia no te abandonó; solamente encontró la forma de expresarse sin hacerte más daño, porque así como la rabia está estancada dentro de ti, también lo que realmente eres está estancado dentro de ti y es esa parte la que maneja las riendas de la rabia. Ese es tu gran mérito. Que no sea la rabia la que te controla. Creo que debes asumirlo así y empezar a darle a esa parte conductora el espacio que merece. No todo es ir a matarse por el África o por los desprotegidos del mundo. Tú también eres un desprotegido y nadie se mata por ti. Pues mátate por ti de una buena vez, a ver qué pasa. Prueba otra fórmula, solo para ver qué pasa».

No sé por qué escucho tanto las cosas que me dice Nurit. No sé por qué acepté escuchar las cosas que me dice, desde el primer día en que nos conocimos.

Al principio pensé que la escuchaba porque la tensión sexual entre nosotros era tan evidente para ambos, que a penas podíamos sobrevivir dentro de ella en la sesiones. A penas, nunca mejor dicho.

La tensión sexual era tan intensa y Nurit tan poco dogmática y tan plegada al juego del enfrentamiento entre nuestras inteligencias, que llegué a imaginar que en algún momento hasta la cama se iba transformar en parte de la terapia. Pero aun así, no tomé la iniciativa. Ella tampoco. Y aquí estamos.

Mi vida actual es como uno de esos momentos de vigilia en que la muerte rodea un campamento en que no hay agua. Y uno sabe que si sale por agua, va a morir. Ve la sed en los demás y ve su propia sed y entonces, debe definir si va por agua y cuántas posibilidades hay de regresar con el agua al campamento.

Mira a la muerte una hora tras otra mientras la sed avanza y enloquece la lengua y la garganta, una hora tras otra, un día tras otro. La muerte espera con la infranqueable paciencia de un budista.

Supongo que sí, que se logra dominar mediante la rabia a la muerte esa que se sienta ahí, a las puertas del día interminable. Lo he comprobado durante esos asedios a los que he sobrevivido casi de manera imposible.

Si aletargo la rabia, si bajo, como sugiere Nurit, la única arma que poseo, si no ofrezco el combate de la rabia, aunque sea esta rabia tan burda y triste que me da no poder ser yo como soy sino esto en lo que me he convertido, sucederá el asalto.

Desde que estoy enfermo, pensé que era mi voluntad la que llevaba el oneroso peso del combate.

Sin embargo, he descubierto que es mi rabia la que ha peleado por mí toda mi vida. Es mi rabia la que siempre ha matado por mí.

  4 comentarios para “Letargia

  1. Elisabeth Miró
    marzo 9, 2020 en 16:31

    Querido cuervo, te leo y me estrujas el corazón.Ponte bueno .

    Le gusta a 1 persona

    • Gavrí Akhenazi
      marzo 13, 2020 en 15:12

      Gracias, Eli. Abrazos.

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  2. marzo 13, 2020 en 18:31

    Me identifico mucho con bastantes partes mi querido Gavrí. Me da mucho para pensar.
    Bellísimo como siempre, con esa belleza desgarradora de tus textos.
    Te abrazo fuerte mi hermano querido.

    Le gusta a 1 persona

    • Gavrí Akhenazi
      marzo 13, 2020 en 23:59

      Menos mal que esto es internet, mi querido Gildo y que nos podemos abrazar todo lo que se nos de la gana.
      Gracias por la lectura y ya que podemos, otro abrazo muy fuerte para vos, hermano.

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