De las cartas cerradas y otras incoherencias (tomo II)

Gris dragado

Hace tiempo he dejado de pronunciar tu nombre con sabor a ceniza. No lo busco en mis labios ni en el margen rojizo de mis ojos si acaso, en un instante, tu risa se aproxima entre esa niebla que nos da el olvido o me llama en los sueños y reclama mi regreso hacia vos porque ya es hora de volver a estar juntos.

Ya no digo tu nombre como un mantra de esos que salvan de todo mal a los moribundos encarnando una gracia de los buenos dioses.

Me quedo así, sin pensar en tu nombre porque me he prometido –también hace ya tiempo– olvidar este culto a la llaga en el que llevo enfrascado tantos años.

Tengo que atravesar febrero a pie, descalzo si se quiere, imaginando en este invierno nuestros viejos veranos como eso: «nuestros viejos veranos argentinos, con asado y fernet». Nuestros viejos veranos cordobeses, de peña y Cosquín Rock; las largas discusiones literarias; el mundo dividido en bien y mal; tus tontas papirolas de reconciliación, arriba de la mesa; mi eterna sensación de verte un niño; tu música, mis libros; esta cuestión de ser indispensables el uno para el otro.

No he sabido sanar. No he intentado sanar. Solo suprimo partes visibles de la herida porque les aplico parches que siempre dejan la otra mitad al descubierto y esa mitad rezuma este sabor a solo en la intemperie.

Todavía puedo ser vulnerable si me aboco al olvido que no consigo a penas o si permito este dragado férreo en el lecho del llanto.

Si alguien me vio llorar desconsoladamente, esos fueron tus ojos y ahí empezaste a usar aquella frase que también me robaste, cuando me dijiste, la primera vez que me viste llorar: Pero… ¿qué pasa acá? ¿no eras vos el duro? y yo te respondí: «Sí, duro como pan duro; lo ablandan cuatro lágrimas».

Duro como pan duro. Solamente curtido en los desastres que no tienen remedio, como yo.
Y mi mayor desastre fue tu muerte.

¡Qué fácil es morir dejando solos! Quizás, porque estoy muerto ya es que sigo vivo, para no dejar solos como yo, que se queden así, solos de todo, como vos me dejaste.

Y no creas, en este iom rishôn del hospital, mi muerte me pelea hasta la sombra. Pero yo siempre he sido un buen soldado.

PD: Un día antes, por si no llego a mañana, Pichón.

  6 comentarios para “De las cartas cerradas y otras incoherencias (tomo II)

  1. Edilio Peña
    febrero 18, 2020 en 00:13

    Celebro siempre esta magnífica prosa, tan auténtica. Propia de un buen escritor que sabe esculpir con palabras.
    Edilio Peña

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    • Gavrí Akhenazi
      febrero 19, 2020 en 14:21

      Agradezco tus palabras elogiosas, Edilio Peña. Me gratifica profundamente conocer tus conceptos acerca de mi forma de escribir.
      Abrazos

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  2. Elisabeth Miró
    febrero 20, 2020 en 09:49

    Maravillosa escritura la tuya Cuervo. Sólo deseo que te recuperes muy pronto.

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    • Gavrí Akhenazi
      febrero 20, 2020 en 16:46

      Gracias por estar siempre, Eli. Viene lenta la recuperación. Más lenta que de costumbre.
      Bienvenidos tus buenos deseos.
      Abrazos.

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  3. febrero 28, 2020 en 22:26

    Me parece que conociendo parcialmente la historia pudiera parecer una queja o reclamo, pero conociendo algo más que parcialidades, considerando las complejidades del autor, uno no puede más que arrimarse a tientas hasta el borde del quilombazo emocional que debe significar para el emisor encarar un texto como este.

    Dice una frase que cuando la comprendí me rajó el cerebro: “si hay algo que duele más que la ingratitud es la incomprensión”; y a mí me llega ese dolor que es tal porque uno no termina de resolverlo no porque uno no quiera, ni porque uno no lo necesite, no porque uno quiera “quedarse en la herida”.

    Brutal, mi rey querido.

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    • Gavrí Akhenazi
      febrero 29, 2020 en 22:09

      Los 18 de febrero son jodidos, ieled. Más todavía si uno estáa con una pata allá y otra acá, porque el que está allá lo llama, no renuncia. Y te dice: total es un paso. Cruzá la línea. Volvé a mí.
      Abrazos.

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