Sin adjetivos

Ha empezado a llover y la humedad se ciñe sin crudeza. Caen algunas gotas contra el vidrio en el que dejo reposar los ojos.

En la aridez, el hombre se dibuja semejando una mata. Resiste en su pericia la voluntad de permanencia en el aquí. Afuera, solo el polvo.

Llueve.

Esa lluvia apacigua las ideas y las ordena por orden de caducidad. El paisaje desdobla la intimidad y el deber que alberga cada uno dentro de su silencio.

La humedad apenas es un nudo en un hilo que resbala. Se manifiesta como eso mientras desaparece casi sin haber existido. Y sin embargo, llueve.

Todas las cosas tienen su tiempo dentro del pensamiento. A veces, se demacran sin que su mutación alcance a percibirse y de pronto, la calavera se manifiesta sin la carne. La muerte de las cosas es así: una demacración sin penitencia que ocurre como lo natural, lo que se ha previsto aún en la negación, lo que se pudo esperar de lo que fue.

No tengo expectativas. La prolongación de los plazos no es lo mío. El presente ocurre en el presente y en ningún lado más, porque las teorías sobre la temporalidad de los sucesos son eso: teorías.

Recojo la palabra. Estoy aquí. La sensación es esa y esa es la permanencia.

Un rato, aquí. Leyendo. Sin preguntas. Sin idioma que alcance a unir o a separar. Pienso que un idiota no sabe discutir. Olvido eso. Vuelvo. Leo. Cambio otra vez la música.

Desde la soledad, oigo llover.

Como la gota que cae en el desierto, también desaparezco.

Al cabo, la abstracción no es otra cosa que un espacio en la calma.

(De: Distorsionados por la luz)

  2 comentarios para “Sin adjetivos

  1. enero 12, 2020 en 13:38

    ¡Qué texto espectacular, Gavrí! Sin un solo adjetivo, que solemos usar a mansalva, no pierde fuerza, al contrario, concentra las ideas y también queda el tono poético.
    Un gran abrazo.

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    • Gavrí Akhenazi
      enero 12, 2020 en 17:50

      Sin un solo adjetivo, Mirel, tal cual. Y sin embargo, no menos elaborado. Estoy tratando de evitarme la tentación «calificativa» que tanto me propone el español. Es un idioma tan versátil, tan seductor, que me resultó imposible sustraerme a sus encantos. No es un idioma. Es un encantador de serpientes capaz de hacer posible cualquier magia con las palabras.
      Pero bueno, alguna gente que no entiende demasiado de estilo me acusó de exageradamente «barroco» y cuestionó el sintagma adjetival como algo no deseable. Ergo, se puede ser igualmente «barroco» sin un solo adjetivo ¿eh?
      Abrazos, amiga querida.

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