Gato en la oscuridad

— La suya es una conducta.. ¿cómo llamarle? ¿extravagante?

Terminó de acomodar los frascos mientras me hablaba, de espaldas, por supuesto, para que los dos tuviéramos la misma oportunidad. Yo de ver y ella de mostrar.

Yo veía y palpaba al mismo tiempo, pero todo con los ojos.

Medía blandura, firmeza, turgencia, plasticidad, mientras las nalgas que la pollera de jean apretaba, se movían con ese ritmo del orden por todo el consultorio.

Tenía que adivinar. No era como otras veces en que la pollera de tela liviana le marcaba los elásticos de la tanguita. Era una especie de armadura esta pollera, que me obligaba a esfuerzos de imaginación, mientras ella, la dueña de la pollera, con sus doradas piernas al aire subidas en zapatos de un taco minúsculo, se desplazaba de la vitrina-alescritorio-alamesada-alacamilla, con una habilidad envidiable para mantenerse de espaldas a mí.

—¿Extravagante? —pregunté.

Giró un poco la cabeza, de modo que la densidad de su cabello apenas ondulado, describió una parábola sobre el hombro y cayó hacia adelante, al vacío.

Ella estaba en cuclillas, guardando algo en los cajones inferiores del armario.

El pelo goteaba, libre, enmarcándole la cara vuelta hacia mí.

Sonrió y se incorporó.

—No usual —explicó.

Supongo que hacía referencia al momento anterior, en el que me había preguntado:

—¿Estuvo sermoneando a los muchachos?

Y yo, que regresaba del dormitorio de los grandes, le contesté:

—No. Fui a jugar a las cartas.

El truco es una buena terapia y nosotros teníamos organizado un campeonato ahí adentro. Timbeaba todas las noches con los muchachos, mientras escuchábamos radio. Oíamos siempre el mismo programa, que conducían dos minas rezarpadas. A veces las llamábamos por teléfono y nos divertíamos un rato, intercambiando ocurrencias. Las Locu de Noche nos daban mucho calce. Siempre pasaban los temas musicales que les pedíamos. Además, estaban organizando una joda para despedir el año y los muchachos me tenían en ablande. Querían ir. Yo también quería que fueran, pero alguno la tenía que jugar de duro, así que les dije que la salida dependía del comportamiento de ellos y agregué:  «Siempre, todo, depende de ustedes».

Les quería decir muchas cosas con esa frase, pero como se me quedaron mirando, tuve que ampliar los conceptos, así que agregué:

«Ustedes son los carpinteros de su propio destino. Imaginensé que el destino o el futuro es una especie de cerro. Van a poder subir en la medida que comprendan que tienen dos cosas fundamentales para conseguirlo: los brazos, con los que van a romper todas las piedras que le impidan avanzar y “la mente”, para saber dónde es arriba cuando hayan corrido las piedras».

La doctora se quitó la chaquetilla y la colgó del perchero. Apagó una de las luces.

Su cuerpo ceñido igualmente por remera y pollera corta se hizo esquivo como una sombra. Casi impalpable.

La Ríos es de esas minas a las que les gusta andar tostadas, así que, carne de cama solar, tenía ese colorcito crocante en las piernas desnudas y macizas.

La remera sin mangas desnudaba los hombros y dejaba pasar la impertinencia de un bretel del corpiño. Lo usaba negro. Debía ser de encaje, supuse, por las mías.

—¿Y cuál sería la conducta usual o no extravagante? —pregunté.

Volvió a darme la espalda.

Se recostó con el vientre sobre el escritorio, para alcanzar algo en los estantes del mueble al que el escritorio estaba adherido.

La pollera subió sobre los muslos. La tanguita era negra, haciendo juego con el corpiño.

—Quizás la distancia, licenciado —me contestó, regresando a la posición normal, con un libro en las manos— Usted no parece un director. Los directores, por lo menos los que yo conozco, se limitan a dirigir. Están en su despacho, por allá, inaccesibles. Creo que eso les confiere cierta dosis mística de autoridad. El ser inaccesibles porque son los directores —siguió diciendo, con una sonrisa.

—¿Usted piensa que carezco de autoridad? —me asombré.

—Yo creo que usted es el capitán de una banda de forajidos —dijo, alegremente y se puso a reír con una risa explosiva, cascabeleante, que le hizo saltar los pechos como enormes vasijas de agua endurecida, provocando un terremoto en la remera y en la mejor parte de mi mismo— ¡No se ofenda, por favor! Se lo digo sanamente…Usted es muy atorrante…Yo lo miro y no sé, tan desacartonado, tan desprejuiciado ¡Mire como se viste! ¿Se dio cuenta que anda como un rolinga? ¿Con el vaquero roto? ¿en zapatillas? ¿con esa chombita que está desteñida de tan vieja?

—¿Está mal?

—¡Es raro!… qué sé yo. Los directores no masillan vidrios ni arreglan motores ni se ponen a cantar rock o a jugar al fútbol con los chicos.

La puso nerviosa que yo me sonriera, sobrando los argumentos que me exponía. Apretó el libro contra los pechos, aplastándolos, para defenderlos de mi mirada.

Los labios se entreabrieron, con lentitud, dejando ver los dientes mordiendo la puntita roja y brillante de la lengua.

—¿Y eso…según usted… quebranta el principio de autoridad?  —insistí, sin desclavarle los ojos a su actitud protectiva.

Ella me dijo que no, con la cabeza.

Caminó hasta el perchero, por delante de mí.

Olí su perfume, el que se desprendía de su cabello en movimiento.

Estábamos muy cerca.

Me miró a los ojos y volvió a sonreír, como un mordisco jugoso, pero enseguida fingió pudor y se puso a hurgar en la cartera, buscando algo que sus manos no encontraban.

Demoraba de esa manera la cercanía, como se demora lo que se desea, para lograr todo el sabor al conseguirlo.

Yo seguía apoyado en el marco de la puerta, desde que llegué.

Ella se inclinó sobre la piletita y empezó a apretarse los ojos, para quitarse los lentes de contacto. Medio reclinada como estaba, se le notaba una pancita combada y deliciosa bajo el cinturón que ajustaba la falda escasa.

Sonreía, de perfil a mí, quitándose los lentes.

Volvió a echarse el cabello hacia atrás, desplazando la penumbra, en un vuelo suicida hacia mis intenciones más oscuras.

De su oreja izquierda pendía un aro plateado, que se bamboleaba acompasadamente, obedeciendo los movimientos de su cabeza.

Los dos sabíamos que ella no estaba ajena al temblor de mis ojos en su figura.

Se sentó y sentada, la pollerita formó una línea tirante frente al principio de la tanguita. Los muslos salían rellenos, gruesos, imposibles de obviar, desde aquella frontera tirante a perturbar mis ojos, que ya no se cuidaban de mirar lo que había en oferta.

La guachita me probaba la fibra para resistir.

Cuando se fue al baño, se desencadenó un tumulto en la sala contigua, donde estaban aislados los enfermos de gripe.

—Tumbatelá de una vez… —me sugerían los representantes de la banda de forajidos que según ella yo capitaneaba.

Como el murmullo crecía en proporciones y me molestaba los oídos, me acerqué a la puerta de comunicación entre ambas salas y me apoyé en el marco.

—Les voy a explicar una cosa, manga de pajeros…—dije— Donde se come no se caga.

(Del libro: A fojas cero-páginas sin orden)

6 comentarios sobre “Gato en la oscuridad

  1. Me encanta tu escritura.Me he quedado con ganas de más.
    Te arrastraría a facebook pero me han bloqueado por una estupidez.Una foto de una indigena con su niño casi sin vestir como ellas van..La foto es preciosa.
    Estoy leyéndo a Mairal y me recuerda su prosa algo a tí .Me gusta también mucho su último libro.Abrazos

    Le gusta a 1 persona

    1. A mí también el Face me tuvo dos o tres días bloqueado, cuando empecé con “En este mismo mundo”. Me pidieron un teléfono (cosa que es privada y si uno decide que es parte de su privacidad no tiene por qué estar poniéndolo a consideración de nadie) y una foto «de frente». Como si no tuviera páginas y páginas en google con los libros ¿no? Después, no sé si porque mis amigos se quejaron en público o porque entendieron que lo que subo a la página es parte del diario vivir del planeta, me rehabilitaron la cuenta sin decir «esta boca es mía». Lo más gracioso de todo, es que fue el propio Face el que me creó un perfil (cuando yo todavía mantenía el de google plus), por ser una «very important person» en cuestiones de búsquedas, cuando, ahí sí, protesté porque, así como el teléfono es una cosa privada, nadie tiene derecho a hacerte un perfil en una red social que vos no hayas autorizado. Y me dieron esa explicación: que aclaraban en el propio perfil que no era un perfil oficial y que lo habían creado por ese motivo de las búsquedas.
      Face es una red ridícula. Según me explicaron, te bloquean porque no falta el tarado al que el arte le parece una indecencia y entonces se queja y va el sistema y te ejecuta, sin ver si es cierta o no es cierta la cosa.
      Lamento mucho que te haya pasado eso.
      Mairal es muy bueno.
      Abrazos, Eli.

      Me gusta

  2. Qué erótico es esto Gavrí. Ya estaba yo en el grupo de los forajidos pajeros, jajajaja. También me gusta bastante el uso de los coloquialismos aunque no sé si los contextualizo adecuadamente. Siempre me llama la atención “la pollera” que siempre me suena a corral para pollos, y que hace tiempo Mirella me dijo lo que era.
    Es algo triste que la autoridad siempre tenga que estar inalcanzable. Sobre todo con gente joven.

    Abrazos querido cuervo.

    Le gusta a 1 persona

    1. En mi experiencia, nunca he perdido autoridad por ganar cercanía. Creo que la autoridad es algo que se construye y que por ende, se gana, porque solamente el respeto te da autoridad y el respeto se gana, no se impone. La imposición de autoridad es inversamente proporcional a ella. Este libro trata alguno de esos aspectos en mi experiencia al frente de un Instituto Albergue de Menores, un “proyecto piloto” de reinserción que se mantuvo a flote mientras los que lo creamos, lo cinchaban. Después, el sistema, las políticas erráticas y todas esas mierdas de conveniencias gubarnamentales, como siempre terminaron por devorar los buenos sueños. Uno era mucho más joven y tenía ese empuje de los jóvenes cuando se lanzan a salvar al mundo.
      Abrazos, Gildo querido.

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s