De las cartas cerradas y otras incoherencias.

Los siempres desgastados

Las preguntas acaban haciendo un mal efecto, un especial atado en la congoja esa que aparece casi como el síntoma de alguna enfermedad avizorada.

Por eso no contesto. Hago silencio y quedo en la pregunta, como para mí mismo, solamente, porque yo solamente conozco esas respuestas que a mí solo me importan y que solo son mías.

Lo demás es el rato compartido, la pequeña virtud de la casi perdida convivencia, el terciopelo oscuro de un abrazo que aún en la presencia permanece profundamente ausente. Un hábito sin nadie que lo habite y acaparado por una remembranza casi fantasmagórica, amparada en la prometida eternidad con la que se prometen cosas como esas, incumplibles.

Difusos ya ambos de sabores me pregunto qué sucede en tu lengua alimonada y dónde o por qué han acabado aquellas sensaciones que no sé si recuerdo con la misma claridad con que las he olvidado.

Poco a poco, la dilución del día se amortigua en una tierra sin exploradores y en una virginidad de expectativas que ha muerto desflorada a fuerza de violarla como un rito.

Siempre he pertenecido a las ausencias y me transformo en ellas con acatamiento, porque tarde o temprano eso sucede en mí. No sé permanecer en la atadura; solo en la lealtad a que me debo y que tarde o temprano aburro con una presencia innecesaria y acabo en la dispensa como en un «puedes irte», al estilo insensible de mis jefes.

Pero yo suelo irme mucho antes, cuando nadie lo nota y aún se me ve allí, como una piedra que se necesita, como un hito transcordillerano que signa la frontera entre dos mundos, dos polos, dos largas e inconsolables diferencias.

Quizás cometo constantemente el mismo error. Permanezco, incólume en una fidelización que indefectiblemente se modifica en la cosa sobrante, en el barrio precario por fuera de la gloria de la city y que está ahí y obstruye la vía rápida que lleva a otros espacios de aventura.

Siempre hay espacios para explorar más lejos y otras sensaciones que no repitan aquello conocido en lo que disfrutamos una ya perimida comodidad que se reduce a ser aburrimiento.

¿Cuál será ahora el canto de sirena capaz de reflotar los pecios del naufragio?

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  4 comentarios para “De las cartas cerradas y otras incoherencias.

  1. Idoia Laurenz
    octubre 26, 2019 en 13:25

    Es un relato impactante. Al menos, yo que soy una persona muy pasional, he experimentado que una de las cosas mas duras del amor, es cuando desaparece la pasión, y cambia de repente el escenario. Y nada pasó qie lo justifique. Porque es más fácil cuando está el desengaño o hay una causa justificada. Uno rompe din intentar arreglar. Pero así, sin más, una no sabe cómo reaccionar. Unos reaccionan queriendo atar, otros corriendo a escuchar música o la literatura, que no desapasionan nunca.
    Me gustó mucho. También el poema de Manuel Alcántara, especialmente estos versos, que me fascinan:
    mis manos migratorias se quedaron
    a vivir en tu tierra más profunda
    y en mi boca, de siempre descontenta,
    dimitían de pronto las preguntas.
    Un abrazo, Gavrí.

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    • Gavrí Akhenazi
      octubre 26, 2019 en 13:37

      Así es la cosa, Idoia. No existe el para siempre y llega un momento en que uno se aburre de inventar reinventos. De los dos lados pasa. Creo que es como un último cimbronazo, una última tormenta. Luego, ya se pilotea dentro de una calma chicha que nos propone “no pasión, no sobresalto, tan solo, naveguemos”.
      Abrazos.

      Me gusta

  2. octubre 26, 2019 en 17:15

    Es tan cierto lo que escribís y a pesar de hacerlo con tu estilo poético, es doloroso. Duele de los dos lados, porque aunque se sabe que nada es para siempre, cuando se descubre el aburrimiento, la grisura de la monotonía no hay reinventos que valgan. Solo queda decir adiós, que es lo mejor, o recomenzar otra búsqueda que, a la corta o a la larga, también cumplirá el mismo ciclo.
    Hermosamente expresado, querido Gavrí.
    Un abrazo.

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  3. Gavrí Akhenazi
    octubre 27, 2019 en 15:24

    A veces solamente uno de los lados acusa recibo. El otro deja caer la cosa, lentamente, como si fuera una velita olvidada y abandonada al destino de consumirse sin pena ni gloria. Deja morir, por más esfuerzos que haga la parte que quiere seguir viva. Algo así supongo y después, cuando ya la cosa entra en la resignación de que la cosa es como parece, listo, queda la indiferencia y la despreocupación.
    Abrazos, Mirel querida.

    Le gusta a 1 persona

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