Manzanar

Lo que ocurre en la arena no está dicho (Samuel Beckett)

Alguien trajo una cesta con manzanas mientras yo dormía. Me despertó el aroma de la fruta y sentí una repentina felicidad, como si algo de mí tuviera hogar. Pero no dije nada. Solo me arropé en la codicia de ese cesto con frutas que me recordó innecesariamente la paz.

No recuerdo cuando aprendí a callar pero sé que callar es un aprendizaje, una medida de autopreservación. El silencio es un arma, una muralla. A veces, el silencio es un puente. A veces, también, es un sitio sin aire.

Como un mal pez sin aguas, boqueo varado en esta miseria tenaz. Un arma con su herrumbre pasa a ser lo que escribo mientras observo el viento entre las piedras como un pájaro que se olvidó a su pájaro en el estadío de su sombra. Apenas polvo y un inmenso frío detenido. Nada más.

El aroma de las manzanas me embriaga como un sahumerio curativo.

Mis hombres muchas veces se preguntan por qué estamos aquí. Resulta una pregunta recurrente entre ellos. Algunos no son del desierto como yo. Pertenecen a los lugares altos, donde nieva. Muchos tienen fe. Creen en algo más allá de sí mismos. Se obstinan en esa raíz litúrgica y en esa observancia exenta de cuestionarse porqués.

Aquí la predisposición a creer es variada pero la fe de los que tienen fe, parece unánime. Luego están los que son como yo. Propiciamos un agnosticismo vulgar que nunca se transforma en profesante ateísmo. Somos, más bien, una caterva de resignados a sufrir todas las traiciones. Hacemos de ser traicionados una costumbre que no nos debilita. Y lo más importante, es que entre nosotros no nos traicionamos. Dejamos eso para todos los que nos hacen promesas cuando nos necesitan y nos escupen luego, como un hueso de oliva, cuando ya los intereses no son compartidos. Siempre quedamos en una deriva liminal. Por eso tendemos puentes e inventamos barcos que nos sostengan hasta que llegue el tiempo de los justos.

Somos pueblos que nos acompañamos en la infelicidad porque pertenecemos a un exilio genético que intenta horadar su inexistencia. En eso, el mío ha tenido más éxito. Ha semillado en el desierto.

En las pausas, escribo. Miro el cesto de la fruta y escribo con letras aromáticas que me acomodan en la irrealidad. Solo por un momento, la irrealidad del aire amanzanado es un vigor que nos mantiene a salvo.

Nazirim llega y reparte las manzanas. Ella, a veces me repite, cuando me ve escribir, que soy como un niño.

—Un niño que está triste… —me dice, mientras me arroja el fruto crujiente y rojo como su sonrisa. Y luego agrega—: Come. Son sabrosas.

Mientras muerdo la pulpa pienso que hemos envejecido y aún estamos aquí, como las piedras.

De: Ius soli – Diarios del Kurdistán

Imagen by Tatsiana Vusava

  6 comentarios para “Manzanar

  1. Maria Quesada
    octubre 15, 2019 en 21:45

    Tu escritura no es que se lea, Gavrí, se escucha y se ve. Es, eres admirable.
    Abrazos.

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  2. Gavrí Akhenazi
    octubre 15, 2019 en 22:11

    Muchas gracias por acercarte a leer y dejarme tus palabras, María.
    Abrazos.

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  3. octubre 16, 2019 en 17:46

    Ya se me acabaron los adjetivos elogiosos sobre tu prosa. Además los fragmentos que publicás siempre me pegan en algún lado, a pesar de que la temática y las experiencias vividas por vos no tienen que ver con las mías.
    Será por toda mi agua y porque te hundís tanto en tus propias profundidades, como también suelo hacer yo.
    Un enorme abrazo, querido Gavrí.

    Le gusta a 1 persona

    • Gavrí Akhenazi
      octubre 17, 2019 en 14:05

      Es por tu humanidad, Mirel. Es por esa sensibilidad enorme que tenés y que no te permite la indiferencia ante la realidad. Abrazos, Mirel querida.

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    • Elisabeth Miró
      octubre 18, 2019 en 09:21

      No sé que decirte Cuervo.Me dejas siempre el corazón pequeñito. Abrazo grande.

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  4. Gavrí Akhenazi
    octubre 18, 2019 en 15:13

    Me alegra saber que te emociona la lectura, Elisabeth. Otro abrazo grande también para vos. Muchas gracias.

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