El lugar en el mundo

En aquella casa vivían muchas mujeres de piel negra que cantaban desde sitios remotos en las habitaciones de la construcción que presidía la hacienda. Sus voces daban al aire interior un perfil góspel que se desparramaba hacia el afuera vuelto un vaho de músicas que intentaban huir pero quedaban enredadas en los mosquiteros y perdidas dentro de los espejos para desangelarse como hilachas en el mundo tardío de las zafras con su aura de lamento, con su júbilo amargo como un bajo continuo que, al regresar al interior de aquella habitación que daba al verde, envolviera el espacio hervido de sudor.

Porque quiero quedarme así, le dijo ella cuando él le habló del canto que llegaba desde todos lados y la escuchó repetir quiero quedarme así mientras se mantenía toda de pan y leche irrevocables, boca abajo sobre ese desafuero húmedo en que había decidido permanecer tendida mientras la cama de hierro claudicaba con un silbido asmático en cada vaivén de un cuerpo sobre el otro o bajo el otro, en el nudo tenaz como un oleaje, una vez y otra vez desde el atardecer anterior en que ella se encerró con él en la habitación de su niñez hasta ese amanecer en que las mujeres de piel negra se pusieron a airear la casa entera con sus profundas voces exorcistas y en el aire hubo aroma a cocina y a café, a fruta y a tasajo, mientras en la habitación de su niñez las manos de ella volvían a crisparse aferrando el respaldar antiguo de su cama de niña y de princesa en su vieja habitación de princesita niña, lo mismo que un gemido que nunca termina de ceder y en el sexo se vuelve implacable, ansioso y exigente como una multiplicidad de réplicas que suceden al sismo primitivo.

Ella le había hablado de que quiero que tengas un día solo para mí sin que lleguen tus hombres a buscarte o tus balas o tus ruinas o tus cacerías de condecoraciones interminables y tus peligros inverosímiles y lo había llevado de la mano hasta la casa natal, en la hacienda natal, con el cabello rubio trenzado como cuando en ella todo era natal y la cubría un vestido de flores diminutas y usaba medias de algodón y zapatitos guillermina charolados y luego le había servido té y le había presentado a su madre que era inglesa y rubia como ella y se llamaba Helena como cabía a su aspecto de pausada aristocracia eléctrica al hablar de su viudez parca y de su rubia hija aventurera que era aventurera como ella misma había sido cuando se encontró por el camino con aquel alemán rústico y fuerte que también huía de la guerra y con el que se casó a los quince años y luego nació su primer hijo al que enterró en otra guerra innoble y al final como una última gracia, le llegó su gacela infinita, inquebrantable y trascendente como un cereal de África, su única hija final que ahora le presentaba a ese hombre varios años mayor y espeso y oscuro como el miedo pero que tenía los ojos mansos de un huérfano sin nombre, porque yo he visto muchos hombres sin madre, sepa usted.

(Del libro: Caída de las patrias)

2 comentarios sobre “El lugar en el mundo

  1. Impecable la forma que manejaste los párrafos largos sin puntos. Ya te había leído otros textos así, no recuerdo si eran de este libro.
    Las descripciones son encantadoras, querido monstruo que no lo sos. Ojalá hubiera muchos monstruos de tu estilo.
    Te dejo un gran abrazo, Gavrí.

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    1. No sé si era este libro. Tengo poco de él en los blogs. Por ahí La Muralla o Lejaim, que tienen el mismo estilo, como La Justicia.
      Hace mucho que no escribía así. Supone un cierto desafío a la gramática y a la sintaxis, pero me gusta ese riesgo. Me siento cómodo. Mejor si no tuviste que hacer un esfuerzo porque te perdías a cada rato.
      Abrazos, amiga tan querida.

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