Inmunidad diplomática

Lo llevo, por supuesto, a todas partes. Viaja conmigo como una alhaja inútil que uno se lleva para tener recuerdos de alguna cosa. Lo saca cuando se siente débil frente al mundo y deja que esa sensación llena de algas le ocupe el corazón, por un momento que se vuelve angustiosamente largo.

El problema es dominar su predisposición ubicuitoria de hacerme compañía aún cuando no quiero que me acompañe más.
Usufructúa mi momento de debilidad y se hace enorme como lo necesario. Se desparrama por dentro de mí, como mi propia furia.

A veces creo que sabe que pienso en mi muerte con mucha simpatía. Entonces, contraataca. Otea desde sus territorios anexados mis puentes levadizos y cuando ve la lágrima que cae lo mismo que un carámbano del alma, se lanza nuevamente a la conquista que nunca terminó de realizar. Somos hutus y tutsis combatiendo en el mundo sin casas de mi sangre. Dos entes predadores que chocan sus milicias, sin reconciliación.

Creo que sabe que va morir conmigo porque no voy a darle el gusto de doblegarme antes ni el de desparramarse hacia otros territorios indefensos que pueda liquidar en cuatro días, como si fuera un trámite.

Tenemos algo en común, el virus y yo. Siempre vamos de incógnito a matar, como una valija diplomática. Y ni él ni yo somos contagiosos de persona a persona. 

(Del libro: Hojas de sombra)

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