Fotografía de Tzipora

La copa en la que ha colocado muchos cubos de hielo le recuerda a un tulipán gigante, a un tomate ahuecado y transparente, a un cuenco del que cuelga, hacia la superficie de la mesada, una raíz de vidrio.

Se detiene en la observación de esas luminiscencias opalinas mientras gira la tapa de las botellas. Prepara el gin tonic sin minuciosidad, porque su minuciosidad, en ese momento del atardecer frente al ventanal, deriva en minúsculas partículas de memoria a las que intenta integrar para formar los recuerdos que desea.

Está descalza. Siempre se quita el calzado, ya desde la entrada. Le gusta pisar la frescura de las lajas hasta llegar a la alfombra y luego, sí, hurgar en ese afelpado cariño. Como una gata que extiende y retrae sus garras, ella extiende y contrae los dedos de sus pies, sin automatismo, con deleite, mientras va quitándose algunas prendas que le permitan un momento de satisfactoria sencillez. También, libera su cabello y de reojo, apenas, se observa en el espejo que hace muchos años le regaló su madre, cuando ella decidió emprender un camino bajo sus propias normas.

Se observa allí y a diferencia de otras veces, acomoda la prolífica escena de sus rizos enmarcándole el rostro en que los años se asientan con más rigor que serenidad.

Luego, emprende su mansa rutina del gin tonic. Es su trago predilecto desde el mismo momento de principiar aquel camino nuevo bajo sus propias normas, dejando atrás el conservadurismo ortodoxo de un hogar en el que después ya no tuvo espacio.

Eso no la entristece. O a veces, solo de a ratos, cuando piensa que lo único que perdura para sí de su familia, es aquel espejo.

Quizás fue un símbolo el gesto de su madre al decirle que se lo llevara. Un símbolo para que pudiera ver, día por día, en lo que se iría convirtiendo, lejos de la rectitud y religiosidad de su hogar, abrazando esa vida de riesgos libertarios, tan cuestionada por aquella otra parte de la misma sociedad.

Ella siempre fue distinta. Las rabanit la echaban de sus escuelas y ella se convertía en la vergüenza de su casa, una y otra vez. Pero esa era su rebeldía y ese era, también, su talento. No podía, no quería o no sabía quedarse callada y acatar sin plantearse porqués.

Vuelve sus ojos al espejo y nota que son grandes, perfumados de cierta languidez melancólica y que el delineado los perfecciona y los abisma. Nota, también, que están más profundos que en su juventud. Palpa en sus ojos una sabiduría apacible y está consciente de que esa serenidad muta cuando enfrenta la acción.

Nadie es el mismo en su intimidad que frente al mundo, se dice, mientras se reclina en el sillón frente al televisor y decide mirar las noticias sin oírlas, porque silencia el volumen.

Para ella, es más una compañía eso de ver movimiento en la pantalla que una costumbre para enterarse los pormenores de la vida diaria, como si no los viviera a cada momento en su trabajo.

Se reclina, bebe, no mira la pantalla.

A través del ventanal, penetra la penumbra mientras anochece y en el espacio íntimo solo permanecen los destellos del televisor silenciado, refractando en la copa del gin tonic, como las partículas de los recuerdos intentan rearmarse en la memoria de un momento feliz.

Un largo rato después, alguien llama a la puerta.

(De: Distorsionados por la luz – regreso a back to black)

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  4 comentarios para “Fotografía de Tzipora

  1. agosto 19, 2019 en 17:09

    Una preciosa descripción, tan bien lograda que me sumergí en esa breve escena y vi al personaje en cada una de sus acciones. Imagino que es tu hija.
    Un gran abrazo, Gavrí.

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    • Gavrí Akhenazi
      agosto 19, 2019 en 17:44

      No. No es mi hija, Mirel. Silvito se la pasa insistiendo con que escriba ficción. Hay un poco de eso también acá. Abrazos, amiga querida.

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  2. Idoia Laurenz
    agosto 19, 2019 en 18:54

    Qué bueno, Gav. Leí que era ficción, pero me sentí identificada en todo. Hasta la forma de vestir de la chica. Rebelde fui y soy, primero verbalmente y después en la adolescencia mi rebeldía era para las cosas que decidía hacer. Como salir del colegio de monjas para estudiar BUP i COU en el instituto público más rebelde. Después Universidad del OPUS (y lo cierto es que aprendí mucho y bien). Y conservo ese defecto de ser rebelde con mis actos en el sentido más silencioso de la palabra rebelde. Yo no me quejo, yo hago la mía en función de lo que veo que hay. Pero tenemos una diferencia, el personaje y yo… Nunca es gin tonic, siempre copa de vino. Y si hace calor… Cerveza tostada.
    Me encantó leerte en este registro. Un abrazo grande!!!

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    • Gavrí Akhenazi
      agosto 19, 2019 en 18:57

      Bueno, lo que se diga ficción, ficción, no lo es totalmente. Llamémosle, observación o algo así, en la que el narrador deja la primera persona y sus mambos para contar desde otra perspectiva. Yo creo que seguís siendo la misma que conocí hace tantos años. Otro abrazo para vos, Idoia.

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