Bibliófagos

“¿Dónde han ido las bestias? preguntó la princesa a los hombres de papel…”

Analisse tenía una letra menuda que delineaba exiguos arabescos sobre los renglones, como si los adornara con flores liliputienses que sólo ella pudiera dibujar.

Las letras de Analisse colgaban o se elevaban de los renglones transformándolos en guirnaldas o pentagramas llenos de guías verdes y de pomas incipientes, redondas e inmaduras, que se deshacían sobre la lengua al pronunciar las aes.

Quizás por eso Iorân Jeirch leyó en voz baja aquella frase en el envés de una hoja como tantas que aparecían ocultas en los libros de la vasta biblioteca castellana.

La Señora era una lectora febril. Así se definía, adoptando un adjetivo que su tío le adjudicara de niña, “porque he sido niña también, aunque a usted le parezca un disparate”, agregaba, como una muletilla que acompañara con constancia la referencia sobre el tío adjetivador y la pasión por la literatura, cada vez que aparecía el tema entre ella y Jeirch. Por ser una lectora febril como su tío, insistía La Señora, había sido la elegida para custodiar el patrimonio familiar y el abolengo aquel con escudo nobiliario, empresas y territorio incluidos, “y porque era yo la única capaz para tomar las riendas aunque fuera mujer”, agregaba, no exenta de un tizne sufragista que alentaba en sus ojos de gris cristal gastado la fulguración de un candela.

Iorân Jeirch no dudaba de aquello después de transcurrida una semana.

Esa mujer de apariencia casi frágil, delgada y pálida, diríase astringente, que echaba con vigor a peluqueros y maquilladores cuando su humor no estaba para farsas protocolares y se enfurecía como un perro chihuahua cuando algún asesor intentaba inducirle una idea por fuera de las suyas, ejercía su poder como una diosa, ya arbitraria, ya magnánima.

“Poco de lo último y mucho de lo primero”, pensó Jeirch, mientras cambiaba el papel de lugar, hacia otras páginas que aún no alcanzara con la lectura.

Durante buen tiempo se preguntó por qué tenía que ser él y no su inmediato superior quien dirigiera aquella estrafalaria misión en la que la disciplina los encorsetara para purgar las culpas devenidas de opinar distinto que la Agencia.

Había protestado con vigor frente a aquella medida que consideraba ajena al Reglamento y porque teniendo un superior, no podía considerarlo un subalterno debido a algún exótico capricho de un Director que delira de intransigencia, según había explicitado en un escrito largo y vehemente con el que presentó sus objeciones y negativas y al que nadie en la Agencia atendió y del que ni siquiera su propio superior quiso hacerse cargo.

Sin resignación, Iorân Jeirch torció la boca y encabezó al grupo más como una condena que como una nueva oportunidad de probar su capacidad de liderazgo ya hartamente probada.

La respuesta a sus porqués ahora le resultaba más que obvia.

A pesar de su aspecto incivil y de esos malos modos que lo volvían un animalejo especialmente irritante para el clima de feria de vanidades que imperaba en La Fortaleza, Iorân Jeirch acumulaba dentro de sí una pasión voraz por la lectura y era por entonces dueño de una biblioteca tan vasta como su propia compulsión a leer hasta el envoltorio del papel higiénico.

Con buen tino, su propio superior lo señaló como el más apropiado para relacionarse con La Señora a través de un aspecto que positivizara el trabajo que realizarían para ella y qué mejor aspecto que aquel de los bibliófilos, que pertenece más al alma que a las partes mundanas de los hombres, como el comercio exterior, la cotización de la divisa japonesa o los errores políticos de algunos funcionarios, supo explicar para calmar la ira de su subordinado no bien terminó la primera cena con aquella “familia” de la Iorân Jeirch se veía obligado a participar.

—¿Qué ha murmurado usted?

La Señora, que seguía con atención la lectura en la que embarcaba a su Jefe de Seguridad prácticamente todas las tardes –porque era ya anciana y no veía bien y además, porque sólo alguien a quien le guste leer interpreta las modulaciones de un texto, según decía– hizo un gesto de alto con su mano derecha.

Iorân Jeirch levantó los ojos desde las páginas del libro hacia la mano que le ordenaba detener la lectura.

—¿Qué ha murmurado usted? —repitió La Señora, con intriga—¿Un comentario al texto o, como es ya su hábito, una de esas groserías con las que me alude?

—¿Quiere que volvamos a discutir otras cien veces que sobra personal para hacer esto y que lo suyo no es otra cosa que un capricho?.. Muchos de todos esos payasos que andan por los pasillos haciendo nada servirían mejor que yo para entretenerla por la tarde ya que mi lugar es otro, en el que sí tengo mucho que hacer, “señora” —se molestó Jeirch, cerrando el libro.

—Pues usted lo ha dicho, jovencito… Quiero alguien responsable, que me lea de manera responsable, no como “esos payasos” que usted acaba de definir tan bien… Como lo mío es un capricho,  tomaré su sotto voce como un refunfuño más. Sepa que ya ha conseguido acostumbrarme a fuerza de bufidos…Por favor, continúe.

(Del libro: Out of the time – Cuento con princesas)

6 comentarios sobre “Bibliófagos

  1. Hola Gavrí, recuerdo haber leído otros capítulos de esta novela, me gustaron mucho.
    Yo le pesqué un toque romántico, al estilo Akhenazi, por supuesto, y me pareció encantador lo poco que leí. Espero que publiques algunos más.
    Un gran abrazo.

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    1. Si, es de esa novela. Revolviendo cosas me puse a leerla. Al final, todas las cosas tienen su estado de ánimo, Mirel querida. Venite al Facebook. Estamos todos, ya y nos hacés falta. Gildo me pregunta cada tanto si no conseguí convencerte. Hasta Elisabeth vino. Abrazos, Mirel querida.

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      1. Querido Gavrí, lo conseguiste, abrí una cuenta en Facebook, pero no sé manejarla.
        Me sale que nací el 6 de agosto de 1994 (Leo!) y no puedo sacar esa fecha, además no quiero poner nada mío porque entre los posibles “amigos” hay una larga fila de gente de la que no quiero saber nada.
        A vos no te encontré, solo a Gildo, a Marta y a Jorge Aussel.
        Abrazos.

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      2. Ok. Mire. Termino de cenar y te busco y te explico bien. No te preocupes. Me diste un alegrón, amiga querida. Y ni te digo al Gildo.

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  2. Por un momento me llevó a Alegoritmos, creo recordar a “la entidad”.
    Volviendo a la escena, qué situación “rara”, porque saber leer es una cosa (infrecuente) y tener que hacerlo por saber hacerlo es ya otro estadio.
    Abrazo, mi rey.

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    1. Tenía algo de surrealista ese servicio. La verdad es que parecíamos trasplantados a una irrealidad de película. Pero sí, por ese lado nos llevábamos muy bien con la Baronesa, ieled.
      Abrazos.

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