Disociadura

Terminó por alcanzarnos una quietud vertiginosa mientras ocurría la tarde. Vimos desplegar sin descuido sus fuegos desordenados y temblorosos sobre el aire, como espejismos sacudidos desde su raíz terrestre. Luego, en la caja de nuestros ojos, se introdujo el silencio, como la parte más sagrada del rito.

Aivan tiene esa peculiaridad de extraerse a sí mismo de los marcos y alejarse de sus propios contextos. Como un resto, se confina a un sitio en el que pareciera que no está, mientras observa el tiempo y la existencia de los otros. Tan solo pareciera que no está, lo mismo que una piedra lo parece cuando ocupa siempre el mismo espacio en el muro.

Está sentado fuera del edificio peculiar que sirve para el multipropósito con el que llegamos hasta aquí. Sentado sobre el suelo, como un Buda incómodo en una posición poco budista, la espalda apoyada contra la mampostería y las piernas cruzadas pero recogidas, no puedo aseverar de qué disfruta. Solo lo veo allí, contemplativo, inmóvil, patinado por la tierra y también por su propio gris íntimo, como suele decir.

Lo observo desde fuera de mí y desde fuera de él. Tenemos esos momentos en que no nos inmiscuimos en nosotros mismos y nos disociamos en una dicotomía cómoda.

Nadie lo molesta porque todos lo conocen, así que le permiten su espacio de solitario silencio porque la soledad y el silencio lo suavizan, lo educan en la temperancia y morigeran la practicidad amputadora que posee su espíritu.

No podría afirmar que está conforme con esas venganzas minimalistas —porque, diga lo que diga, son venganzas— que practica sin plantearse límites de esos que a veces pienso, de nosotros dos, solamente a mí me fueron dados.

El Condorito se ha acercado a él. Hay cierta dulce imprudencia en ese muchacho. Casi la misma con la que un niño se aproxima con la mano extendida a un perro de mirada carnívora que comienza a enseñarle los dientes.

No creo que sepa qué decirle. A veces, ni yo sé qué decirle a mi demonio.

—¿Qué pasa?.. ¿Quéres saber cómo estoy, cómo me siento, qué mierda me pasa por la cabeza? —pregunta Aivan, frontal y exacerbado como es él, que tiene pocos días de inocencia.

El Condorito le responde que sí, que quiere saber todo eso y agrega, después, lo que en realidad quiere decirle a Aivan: ¡qué trabajo de mierda que tenés!

—Tenemos.. ¿o vos no estás acá?

—No hablo del de todos. Hablo del tuyo, que sos el que toma “todas” las decisiones. Ese es el trabajo de mierda. Tener que tomar decisiones aún a pesar de tus propias creencias.

—Lo de las creencias hablalo con Benedict. De los dos, yo solamente hago lo que él es incapaz de hacer —refuta Aivan y desplaza el fardo hacia mi espalda, siempre sin elegancia, como es él.

—No estamos escribiendo, León. Te hablo en serio. No compartís lo que sentís con nadie ¿Con mi viejo, tu hermano, tampoco compartías todo eso que se te ve en los ojos cuando bajás la guardia?

—Tu viejo era un cristal de escarcha. Se quebraba de nada… Parecía un titán, pero era un niño. Hay cosas que no se pueden compartir con los niños, si uno quiere que sigan siendo felices en este mundo horrible —explica Aivan.

El Condorito se sienta junto a él y adopta también su posición de Buda incómodo. Reflexionan los dos pero en un silencio que por fin, Aivan rompe, como una obligación o como una conclusión.

—Y no te confundas, pichón —dice—. Yo, siempre estoy escribiendo en la vida lo que Benedict después va a poner en el papel. Debe ser en lo único que nos llevamos bien.

—¿Y de qué querías proteger a mi viejo? —quiere saber el Condorito.

—De Aivan… —digo yo, porque ya no puedo mantenerme afuera del diálogo.

Después pienso que el chico, a esta altura, debe asumir que yo ya no estoy cuerdo, así que admito que sí, que este trabajo tan al límite humano, termina por transformarte en vaya a saber qué.

—Todavía estás a tiempo de agarrar los bártulos y mandarte a mudar —sugiero—. Por tu salud mental, quiero decir.

—Sé que mi viejo te dejaba solo en la mala. Yo no voy a hacer eso —replica el Condorito, satisfecho.

Aivan cierra los ojos en los que ya capturó el atardecer.

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