De quemaduras y otros algoritmos.




Alguna vez viví con extrañeza ese descubrimiento porque la metafísica no es lo mío. Sin embargo, siento esa sensación de lo diferente, de un idioma que habla por partes en otro ser que no soy yo. 
Decimos cosas que identificamos en un plano al que solamente nosotros tenemos permitido el acceso, como a un idioma extinto que es conservado por dos sobrevivientes en un polo y en el otro del mundo.

Abrevo a veces en ese sortilegio, porque llego con sed. Es el código. Lo que reconozco en la voz es el código que cifra mi propio código. Busco los papiros en que está envuelta el alma y los llevo a mis ojos, a mi nariz, a mi boca. Los leo como si recitara un códice litúrgico que solamente yo soy capaz de leer. Los huelo en su expresión de toda antigüedad. Los beso, reverente.

Sucede la rareza. Sucede el ejercicio de la dualidad. Sucede el retorno. 

Nos hemos reconocido en la extranjería de la no memoria porque no hemos permitido que la boca del tiempo hable por el olvido de lo que ha nacido con vocación de inolvidable.

Tu tierra siempre está en la otra orilla del enorme mar. 

Hay una primitiva dulzura en nuestro caos. 

Podría pasarme el silencio entero escribiendo. Quedarme así. Sería bueno porque me trae un sosiego imprudente. El asesino implacable que me habita pierde su condición beligerante y se remansa como un río que lentamente agota su caudal sobre una tierra fértil.
No protagonizo, por tanto, una crecida aluvial, de esas en las que flotan los enseres y los animales de granja.
Podría pasarme todo el silencio por el papel de agua de tus ojos y yo identificaría el aullido de tu mineral más acendrado y del que nace la flor de las tragedias con su perfume a malezal de hierbas para aroma.
Te reconocería entre la multitud de las vicisitudes como esa que trae una selva de menta en el cabello y una siembra de barro bajo el crecimiento de sus uñas.
Conjugo sin vocales las palabras que no aprendo a decir más que en mi propio idioma incomprensible.
Ni yo sé de qué hablo. Solamente sé que necesito decir hasta que se me agoten los desastres y no haya nada más que un estallido de luz en la otra orilla.

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  8 comentarios para “De quemaduras y otros algoritmos.

  1. febrero 11, 2019 en 13:59

    Estás que no se te aguanta escriba. \”Puedo pasarme todo el silencio entero escribiendo\”. Yo también ¡mirá como cambió mi rumbo! Sólo puedo contarle a la doña tantísimas cosas ya no hay resistencia. El resto de este texto es para encuadrar y leer de vez en cuando.Genio y figura hasta la sepultura que no te quiere en su casa. Debe saber el quilombo que podés meter si te tocan los testículos (huevos).

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  2. febrero 11, 2019 en 16:02

    Otra de tus bellezas, Gavrí. Tenés un tremendo poder de introspección y encontrás las imágenes adecuadas para expresar tus profundidades. Casi todo lo que te leí es un continuo soliloquio, donde lo más importante es lo que pasa internamente.Un enorme abrazo, amigo.

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  3. febrero 11, 2019 en 16:19

    Esos algoritmos de los que hablas, también habitan mi entorno y trato de descifrarlos y extasiarme en ellos. Me ha llegado una bandada de dragones de hielo que me miran y lanzan sus lengüetas polares sobre mis tibios amaneceres. Busco su mensaje cósmico y buceo en sus profundas aguas, mutando mi indumentaria humana. Asida de su lomo, volamos en astral y llegamos a la infinitud de Cero…. Inmenso placer el leerte. Abrazo

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  4. febrero 11, 2019 en 16:43

    Supongo que en inconsciente colectivo de la Humanidad, todos nos semejamos.Gracias por tus palabras, Ceciely.

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  5. febrero 11, 2019 en 16:46

    Algo de eso le debe pasar a la Muerte, Sarito. O al Diablo, que no quiere competencia.Me hace bien escribir.Abrazos.

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  6. febrero 11, 2019 en 16:47

    Así es, Mirel querida. Incluso cuando estoy contando episodios, lo hago desde mi yo más profundo. Las cuestiones reflexivas que tiene uno, en el afán por encontrar su propia esencia.Abrazos.

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  7. febrero 16, 2020 en 22:55

    Gavrí Akhenazi, si es que vos escribiste esto, me deja perplejo, porque es un tema o varios en uno, que me obsesiona desde hace mucho y sigo escribiendo sobre el tema. Lo tuyo es magistral, me parece estar pensando en la misma frecuencia algo de una incomparable similitud. Mis saludos para vos.

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    • Gavrí Akhenazi
      febrero 22, 2020 en 23:56

      A ver, Horacio… ¿Parece que no lo hubiera escrito yo? ¿Ves otro autor en este blog?¿Ves otro escritor haciéndose cargo de «vivido y escrito», en este blog? Primero, tengo el suficiente oficio como para que me plagien y no para ser yo el plagiador. Así que la verdad es que me jode realmente eso de «si es que vos escribiste esto», porque si hay algo de lo que me puedo jactar sin hacerme el falso humilde, es de que escribo como se ve que escribo y que tengo voz y estilo propio, a fuerza de trabajar años y años en ellos y de estudiar todo lo estudiable en cuestiones literarias, porque fue, es y será mi pasión, hasta el día que me muera y después, también.

      Igualmente, luego de este desfogue aclaratorio, paso a agradecerte el concepto que desgranás sobre lo leído. De verdad, muchas gracias por lo de magistral. Las apreciaciones de los lectores aunque son siempre subjetivas, en este caso resultan en un buen estímulo porque en el ámbito virtual, el oficio de escritor sufre de un bastardeo monumental y nadie distingue nada, como en Cambalache. Así que, nuevamente, muchas gracias.

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