Tambores de la profundidad.

Tenía esos cabellos de cascada romántica sobre los que el atardecer es capaz de dibujar cobres y miel terrestres y mirándola pensó que si yo tuviera una mano de esas que poseen los dioses, sería también capaz de resolver el mundo de sus ondas de vientos como un despeñadero de acrobacias con las que demostrar la naturalidad de su incalculable poder hembra, porque así la veía él, lejos de lo totémico pero también totémica en su modo de carne hecha de niebla y sal que el ancho sol de África volvía una talla de peltre engastada en el marco luciente del espejo. 
De espaldas y desnuda era un apacible gato lácteo, con una cabellera donde pueden caber el resto de los otoños de mi vida, pensó también, porque siempre lo habían fascinado las cabelleras de mujer en que perder el tacto y el olfato como en una espesura de flores y silencio y quedarse así, recogido en el olor a pelo, en esa impregnante presencia de grasitud sutil, de sebo umbrío, de parafinada tersura como eran los senos de criar hijos de estepa y canto, dijo en voz alta y agregó que ella tenía caderas de árbol y cintura de ánfora y pechos orgullosos de heroína que a él le despertaban una jugosa dentellada caníbal y dijo que se le hacía agua la boca como a un desesperado animal de colmillo, de verdad, se me hace agua la boca, insistió y ella pensó en dos espaciosos chitas que se encuentran en época propicia y con el celo a tiempo y salió del espejo para volverse músculo que cayó sobre él, sobre la cama que hablaba ya un idioma junglar de acometidas y en el ancho nocturno de sus ojos de hombre hundió dos largas estocadas de agua. 
Le dijo que era hermoso, que era el hombre más hermoso que ella hubiera sentido golpeando sobre el tambor de su libertad, porque la libertad de la soledad había sido una decisión para ella y en él había encontrado al compañero exacto y anhelado, porque en la libertad de la soledad también se anhela alguien que nos hable de ella como hablamos nosotros, le dijo, acariciándole las mejillas enjutas y los hoyuelos parcos que le culminaban la sonrisa. 
Y luego dijo no quiero que te vayas y él le susurró  jamás, bajo su boca.
(De: Caída de las patrias) 

  2 comentarios para “Tambores de la profundidad.

  1. mayo 1, 2019 en 15:21

    Me ha parecido una escena intimísima y preciosa, que manera tan hermosa de edificarla, Gavrí.Un abrazo.

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  2. mayo 1, 2019 en 15:26

    Muchas gracias por acercarte a leer, María José.Abrazos.

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