Pájaro de agua atrapado en el barro

 

A cántaros by Teo García López

Comenzó a llover y desde el aire creció un olor infinito a liana verde, jugosa, encrespada por el acto posesivo de su solo verdor envolvente en la trabazón del tiempo como una rosca húmeda, y fue cuando él dio un paso hacia ese barrial blando de frescura que se entregaba al peso de su pie sin resistencia y lo dejaba hundirse pegajosamente acogedor, haciéndole morder con desprejuicio ese sabor a liana, enroscada en el impudor de su musculatura y en su animal, ese que respiraba su propia tensión en la frescura como si la tensión fuera una liana y la lluvia se volviera verde y flexible al derramarle encima aquel sabor espeso de aguacero fulgente como un arco de rayos y suicidios mientras él abría los brazos como un crucificado por estrellas y la balacera del agua le domaba los labios y las manos, los párpados y los hombros con un golpeteo de pájaros que caen fulminados por cristales grises, por lanzas sin poder, con puntas que se han redondeado de tanto matar sueños y nombres, sueños y nombres, pensó mientras la lluvia le pulía los dientes y las uñas y le debilitaba la sonrisa como si le fuera apagando la sed inagotable de llevarse los muertos en la alforja que no olvida el olvido. 

Estuvo un largo rato en la intemperie que olía al mundo tenebroso de todos esos verdes regresando con un tesón absurdo de esperanza y se dejó estar con el cuerpo desnudo y cruzado de lluvias y relámpagos, aferrado con los pies a ese barro descalzo y a los caminos de agua que inventaban lagunas diminutas en la greda para que abrevaran los recurrentes cadáveres que no saben jamás quedarse atrás y olvidarse de sus propias muertes y estuvo ahí, sereno y macerado con la inocencia de un ido que fuera abandonado a la suerte del viento bajo el agua, hasta que ella se levantó también desnuda como él pero igual a una serpiente láctea y encendió un candil junto a la puerta y se quedó mirándolo volverse diáfano en aquella humedad intempestiva tal como el amor lo volvía diáfano en los momentos de la oscuridad. Él dijo llueve y ella dijo sí. Él se quedó callado y ella dijo ven y unos segundos después repitió ven y dijo anda ven, una tercera vez. Entonces él se quitó las lianas de aguas y relámpagos que tenía adheridas en los músculos invisibles del recuerdo y se deshizo del sabor del verde y de la cárcel blanda del barro empalagoso y regresó a la galería donde había hamamelis y cactáceas y estaba encendido el farol igual que ella estaba encendida como una brújula blanca que esperaba en el norte el inmutable ejercicio de ser hembra.

La lluvia cayó toda la noche y no cedió frente al amanecer.

(De: Caída de las patrias)

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