De las cartas cerradas y otras incoherencias (toma XIV)

22 by F. Kaylac

Voy dejando -como a un mal hábito- la piel.
Voy dejando la piel en todo lo que hago y también en aquellas cosas que postergo y no hago y que luego me encuentran en un charco de silencio oscuro y pestilente sobre el que me arrodillo a beber de mi sombra la templanza.
Una sombra es eterna. Nada la modifica y viaja por la vida pegada al impostor que la posee.
Esta nueva oficina en que pervivo con mis malas costumbres, es amplia, con ventanales que miran al oriente. Cuando llego no hay sol todavía y un resplandor extraño se apodera de mí y de mis deberes, mientras ocurre el día encima del asfalto.
Las tareas aquí son grises como yo. Oscuras y violentas como yo. A veces son efervescentes y es cuando me gusta mi trabajo porque hay que apostar el culo al éxito y marearse con la adrenalina.
El peligro en mi vida constituye un vicio, una entidad metódica como para un diabético lo es el inyectarse la insulina. Si se ausenta, mi organismo enferma de un hastío infecundo y progresivo, que avanza hacia un estallido inevitable, con sus también inevitables consecuencias.
Ya para hablar de vos y obviar hablar de mí, porque sé que te gusta que hable de mí y necesito esta maldad tan franca, paso a contarte de mi estupidez y de que idealizo a veces tus cristales que lloran y se rompen en vísceras de vidrio que te cortan y me cortan las manos de degollar los pájaros.
Embalsamo tus aves con sangre de aserrín y sepultura. Hay algo en esas aves sin cabeza que no tiende a lo macabro sino a lo fetichista, a ese guardar la estopa de los juguetes viejos y los ojos de acrílico de las muñecas peponas que sin embargo dejaste de guardar desde el preciso instante en que naciste, porque algunas personas venimos ya por gastadas, viejas, arruinadas de sol, hechas de brújulas que señalan el polo o los desiertos.
¿Por qué te escribo ésto? Qué sé yo. Será tal vez porque la noche avanza y no oigo el mar. Porque voy perdiendo mis ganas de escribir tantas miserias y que queden ahí, como las gaviotas que criamos para degollarlas cuando sopla mal viento.
Mis hombres me tienen más miedo que a pecar y quizás necesito decirte que elijo un trabajo peor que el otro y que no estoy en paz con nada de este mundo si no estoy en el mundo donde no existe paz.
Ya sé, vas a decirme que soy contradictorio y que me gustan los líos y los barros y que no entiendo nada de hacer pan pero que se me da bien plantar un árbol y sobre todo escribir un libro.
Y yo voy a decir que no preguntes que hago en esta oficina de paredes sonoras donde el sol es una niebla que cubre de amarillo el olor de los muertos de mi vida, como si fuera un campo de genista, sobre el que yo recuesto mis palabras como si también me hubiera muerto.
Te escribo porque no aprendo a hablar de lo que pasa. Y porque necesito que lo sepas.


  10 comentarios para “De las cartas cerradas y otras incoherencias (toma XIV)

  1. mayo 11, 2013 en 15:42

    Cuando vas dejando de oir al mar se van perdiendo las ganas de escribir. Que importante es el mar y que carta tan llena de imagenes has escrito. el dolor, que necesitas que lo sepa.GenialCarlos

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  2. mayo 11, 2013 en 16:38

    Yo soy un bicho muy marítimo. El mar me tranquiliza, como si mi verdadera naturaleza proviniera de él. Me gusta nadar en el mar, en aguas abiertas. Ya asusté a más de uno con esa costumbre de pez.Gracias por estar, Carlos.

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  3. mayo 12, 2013 en 14:23

    Y yo necesito saberlo, no te olvides.La coherencia de lo incoherente, probablemente.Namasté.

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  4. mayo 15, 2013 en 23:18

    Qué manera de dejarme convertida en estatua es la tuya al leerte, qué manía de hacerme bajar las defensas y meterme en tus renglones y tus letras y agradecer al cielo por encontrar entre tantas y tantas y tantas maldades diarias, una maldad aparente que de maldad nada. Gracias por ser escritor, por entrar a esa oficina que no sé si es real y que tampoco quiero saberlo, como no quiero saber ese mar, me basta que escribas y venir aquí una hora muerta como esta y volver a creer que escribir es lo que nos salva. Porque por esas cosas de la vida alguien (en este caso yo) un día te lee y recupera el aire.(te debo un mail, pero ahora sólo te digo gracias mil, gracias!)Besos.

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  5. mayo 16, 2013 en 00:14

    Si negra, lo sé.Nadie con tu coherencia. Te lo aseguro. Ni yo. Lehit

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  6. mayo 16, 2013 en 00:17

    Eh, Patito, que me emociono y en mi profesión eso es perjudicial para la salud ;)Un escritor no puede perdir más. Si llega a un lector y el lector le dice lo que vos me decís, tarea cumplida. Gracias linda por la calidez.Lehit

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  7. mayo 21, 2013 en 15:14

    http://youtu.be/iL4S51xxxjcque nunca estuvieras triste.

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  8. mayo 25, 2013 en 03:17

    Eu fac bine, pentru totdeauna. Și eu sunt mereu în datorii.תודה רבה

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  9. septiembre 6, 2013 en 01:20

    Leerte se me a vuelto vicio,no sé si me salió la veta mazoquista,termino con la garganta anudada,sos un gran escritor ,uno que saca la luz u oscuridad al lector,según de que trate,no sos tóxico sos adictivo,

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  10. septiembre 7, 2013 en 04:51

    Lo bueno que tiene la literatura es eso, su magia.Al final me gusta escribir cartas.Shalom

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