Go away


 Ella supo domar a la sombría bestia de las tardes con costillar de otoño. 

 La espiaba en su jaula, diariamente, tratando de aprenderla sin que aquel animal intrigante y hierático notara su interés. 

 Había descubierto sus horarios del agua y del descanso, que nunca eran los mismos y los días corrían, cambiando la posición el sol y las canillas y el rechinar oscuro de la prisión del ave. 

 La bestia de las tardes era una mezcla mórbida de pájaro en cenizas y mascarón de barco. Salvaje bicho tosco de grandes garras hábiles, que había aprendido como animal domado por aquella pericia persistente que ella ponía en hacerlo, a sujetarle con fuerza la cabeza y balancearla casi como un juguete que se ama y se odia. 

 El animal había aprendido a jugar con ella y con su lengua, en un retozo feroz de mordiscos de oso y lengüetazos torunos y calientes. 

 Ella había aprendido a ahogarle la ansiedad en la boca, dejándole rozar con su verga la garganta en vaivenes frenéticos o sutilmente lentos, que dirigía siempre con su hacer adictivo y sus labios de lazo. 

 Eran un batallón y una muñeca, el animal y ella, por la casa, rompiéndose uno al otro como portarretratos sin familia. Ya exhaustos, en el suelo, en la cama, en todos los rincones y en ninguno, ella se acomodaba encima del pecho de la bestia, como el peso liviano de una nube que se le pierde a Dios sobre un desierto.

(De: Zonas inexactas)

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