Vuelta de campana

Locuacidad del vértigo

He dejado de escribir historias
de esas que escribía con un idioma nefasto,
un idioma hecho solamente para gente con armas
que ha visto la sangre
–frente a frente–
sin pensar que es un acontecimiento feroz.

A veces
hago conmigo mismo un silencio optimista
como si fuera ese vértigo
que te ofrece el salto en paracaídas
sobre un objetivo que no te espera.

Uno piensa en el último segundo
que el paracaídas puede traicionarte
pero salta
de la misma manera en que salta sobre la vida

y termina estrellándose.


Parición en la sombra

Ahora,
los rumores crecen como el mar
cuando golpea los costados del velero
en el espejo de agua.

Crece ese runrún informe como una niebla útil
que obliga a aguzar la vista
a moverse con cuidado entre los mundos
del hombre cotidiano.

Ellos, los cotidianos y los que pelean por fútbol
o los que se insultan por política
o los que son necios y fundamentalistas de su dios abandónico
conocen el runrún como nosotros,

los demás,
los que nacimos de la vagina de la muerte
y andamos
como sus cachorros disolutos
entre el vicio de parecernos al sino de nuestra parición
o hacer votos de ser chicos buenos
que saben que matar está prohibido por Dios y por los hombres

aunque siempre
hay una causa de fuerza mayor que lo valida.


Mascarada

Me pregunto si en esta atmósfera de máscaras
podemos reconocer al enemigo
apenas por el gesto de sus ojos.

Vivimos entre todas las máscaras que tapan otras máscaras.
Vivimos como máscaras
que se han transformado en nuestro gesto final,
en el gesto que cubren
y en el gesto que son.

La máscara protege
a la máscara que está debajo de la máscara.

Solo entonces quedan los ojos.
Todos tenemos ojos.

El enemigo también.
Y nos observa.

No nos adivina. Nos conoce.

Por eso es el enemigo.


Tajeo

Es como si siempre estuviera al borde del amor.

Quizás por eso de ser parido por la muerte
y luego dedicarme a fornicar con ella
el borde del amor es un filo de vidrio roto
que me corta los pasos.

Soy de amores sangrientos.

Amores de sufrimiento rotundo
que no sirven para ser amores felices
sino riesgos
combates
planos inclinados hacia un abismo imbécil
al que caer de forma irremediable

y sin embargo

amores épicos
que transcurren furiosos en períodos heroicos
cuando interpretan las guerras

en todas las formas posibles de la herida.


Mala bestia

La noche trae la voz de su mudez.

En el desierto
el cielo es un pulmón fibrótico de estrellas,
y la respiración del universo es un caldo que espera
por la voracidad del infinito.

Estoy quieto como una forma que no existe.

La vida tiene un metabolismo hostil,
como el del amoníaco
porque se transforma en una espera insaciable.

Esta oscuridad y este resplandor azulado
cianótico en su luz
me hacen ver como ese monstruo que a veces describe tu boca
o descubren tus ojos
aletargado y pálido pero en constante acecho.

Un animal de mordedura
mientras busca aparearse con mordiscos
porque la sangre se fecunda con sangre.

Entonces
esa madre bestial me llama a su servicio
como uno de los más destacados hacedores
de su prole de muertos.


La cárcel impotente

De algún modo tengo que tranquilizar
esta alimaña clara que se come a sí misma
con una rutina modesta.

Es un roedor fecundo
con colmillos que no desgasta el hierro que mastica
cuando lo mantengo encadenado.

Muerde
los pocos barrotes que le quedan cuerdos
a mi prisión inútil porque sabe que la guerra se acerca
que está ahí
con su pintura de camuflaje
y su oscurantismo

y la anhela

como si esa fuera la única libertad
que puede serle concedida
aún
a pesar de sí mismo.


Arriéndenme ganancia

No soy de los que escupen el rostro del enemigo.

En general
solo arranco esa máscara que le cubre los dientes
porque es en los dientes que enseñan
donde realmente radica su personalidad.

Ahí es cuando decido
si realmente vale la pena gastar parque
o con una zancadilla alcanza para verlos con la jeta en el suelo

y levantando polvo con los bufidos
de la impotencia.

Todos nos ganamos enemigos a pulso.

Pobres los míos
que me ganan a mí como enemigo de esos que son
directamente
enemigos inconsolables.


El fondo de la sombra

Como dije
el amor no se hizo para mí.

Ningún amor se hizo para mí
y sin embargo
me gusta su telaraña suave con su arañita en medio
que reteje a mi alrededor
una costra de paz sobre las llagas.

Un orco cualquiera, quizás,
al que no se le nota demasiado la orquez de cuna
cuando lo han herido
las múltiples sinrazones de otros orcos.

Entonces
me abandono como todas las fieras de zoólogico
a un cuidador piadoso que me permita
dormir hasta un mañana

del que he renegado.

Pero me gusta eso.

Esa placidez de animal que se ha apareado hasta con el fondo de la sombra

y está tranquilo
devorando a su última conquista curadora
con sus dientes de orco sin remedio.


Desenfoque

A mí no me entristece ya esta miseria.

Lo miserable me queda bien,
me vuelve altamente rendidor en el campo,
sacrificado
porque no tengo nada que perder
ya que no estimo demasiado a la vida
y ella siempre me explicó que me odia.

Pero yo
la he defendido en cada oportunidad
porque de ella depende que sigamos trabajando
los que la muerte expulsó de su entraña
y ahora reúne
intentando ella misma no morir
si se termina su rival.

Al cabo
se dan sentido una a la otra.

Nosotros,
las servimos a las dos

depende de cómo se enfoque el asunto.





Del recurso de amparo

A los dos, en cierto modo, nos angustia la fragilidad porque asumimos estar endurecidos y entonces la fragilidad se vive como esa puñalada por la espalda que solo pueden dar los muy amigos.

La observo y es un mundo hecho con serranías de seda. Un mundo curvo que posee ese color antiguo que vemos en los pergaminos y en las virutas de la madera dura. Un color de crepúsculo en un lugar hecho solo para los crepúsculos en los que siempre queda el atardecimiento.

Ella respira con la levedad de una paloma y sus pechos parecen gotas anchas que se han desparramado sobre una superficie que está húmeda. Hace calor y ella está toda húmeda, esmerilada por el fino sudor que pega la intensa oscuridad de su cabello al alto despejado de su frente.

Tiene las manos simples de los intelectuales. Limpias y sencillas, sin callos y sin marcas. Sin heridas. Y en las uñas usa un color de marfil pálido que da cierto destello a sus movimientos cuando explica en el aire el vaivén de la vida y estos extraños recreos que nos damos, de vez en vez, furtivos y ex-culpados por nuestra propia letal intensidad. Mis manos, sobre ella, me recuerdan las garras de los buitres.

Sabe que en el fondo pienso que es una niña, aunque muy seria, ocupada y profesional y que eso, ese pensarla así, la ampara de mis huestes más feroces.

Una vez que ya le hice daño, me prometí ya no dañarla más y entonces soy como un suave león apolillado sobre el que ella recuesta su cabeza y que la lame casi con un ritual encandilado.

Absorto, la dentellada de mis ojos le dibuja escenas de combate entre los labios y mi lengua le invade la saliva y la risa, con un regocijo de adolescente que descubre el arma de los besos.

Ella se enrosca en mí como una especie de aroma caluroso. Tengo la sensación de que todo en nosotros fuera líquido, un líquido que rueda como un río desde la cama al suelo y estalla sobre el aire.

Apenas hay una vibración en su garganta debajo de mi aliento y el sonido se adhiere al mismo sonido de mis labios. Cierra los ojos como si las pestañas cubrieran el espasmo que yo no debo ver.

Puedo quedarme así. Podría quedarme toda la noche así.

Pero me voy.

Yo, siempre me voy.

Campo de maniobras

(Del poemario)

Mérito de la muerte

La muerte debería ser de ejercicio meritorio,
una especie de premio al deber cumplido con honor,
una retribución acorde

al servicio prestado para con el mundo de los vivos.

Pero son poco importantes las cosas importantes
porque no le importan a nadie que no sea el que las lleva a cabo.

Hasta en ese punto secreto que hace al todo
la individualidad descuella
y se parece
–cada vez más–
a la soledad de la agonía.

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Proyección de disparo



Todo lejos de mí y en la penumbra. Sin embargo, un atisbo de sol pesa aún sobre las cosas quietas y su mano muriente las envuelve.

Pienso en una caricia. Solo en una caricia que así como la luz, se va apagando mientras se retira paulatinamente de su roce, casi sin dejar huella.

Se amortigua la luz y se termina en alguna otra parte que ha comenzado aquí.

Busco el camino de lo extinto, como una trazadura que marca longitudes en lo absurdo y pienso en la caricia. En la caricia real. La que me existe aún, aquí, en el rostro, como una rara zona de doler.

La busco, la recorro en mi barba y mi mejilla, la atesoro en mis ojos cerrados en ese momento mínimo del tacto, cuando la piel aúlla que ha sentido el ansiado calor y la esperanza.

Apoyo mi mano sobre esa pisada de ceniza y trato de apretarla contra mí. La caricia, la caricia, la caricia… Acaricio su tizne.

La caricia, la caricia, la caricia… Toda mi mano ha atrapado esa sombra de amor sobre mi sombra.

La caricia, la caricia, la caricia… No quiero liberar ese esplendor que imagino debajo de mi palma aferrada al último calor que duele.

Y tus ojos de mar, como dos lágrimas. Y mis ojos de carbón, como dos piedras.

La caricia…

Sostengo su espesura sobre mi calavera. La sostengo y la aprieto. Mi mano acaricia la caricia, una vez y otra vez, una vez y otra vez, antes de que se pierda en el recuerdo.

Me he convertido en un perro solo que no encuentra el camino de regreso a la amorosa calma de tus manos.

Por eso, porque no sé volver, ahora asesino tu caricia.


Escrito en la leyenda – Poema y video, Gavrí Akhenazi – Tema musical: Ernesto Cortázar

De las cartas cerradas y otras incoherencias (toma X)

Historias con ausencias

Gavrí Akhenazi - La maldad aparente

Chinesse garden by Kalyka
La fragancia de flor

Seguramente despertó un día de edredones doblados y papeles dispersos que me olvidé encima de sus pechos.

Huí mientras ella dormía y en mi huída, abandoné papeles por los que no supe nunca regresar. Cuando ella despertó, yo era una sombra y el sonido lejano de un tren se ponía en marcha, como parte la vida.

Desaparecimos uno para el otro igual que las cosas quemadas. Una mano de viento se ocupó de nosotros como astillas que vuelan a rincones donde nadie preguntará por ellas.

Los dos vaciamos con cosas nuestros bolsillos llenos y ahora sé que hay codicia en los ojos de otros cuando la observan caminar entre la nieve de las fotos antiguas. Y en mis ojos también, hay una muda y contemplativa codicia dulce, ceñida, lejos de toda periferia.

Ella se cambió el nombre.
Yo también, como siempre. No…

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Dos poemas

Soy un lerdo poético

perdido en los caminos de antigua trashumancia

en los que el pastoreo ha escanciado las flores

y el fuego ha terminado por borrar las semillas.

Perdido en el otoño y vuelto invierno estéril

a veces me refugio en tu grito de nieve simultánea y antigua.

Me desnudo y me voy a tus cristales

de dibujos inquietos en mi sombra.

Le hablan de sus pájaros helados a mis aves de fuego

y dejan ese canto

en el jardín antiguo de un deseo que habita la intemperie.

Yo fui en tu nombre un río,

y en tu nombre, alguna vez, un puente,

un arrecife, un mar, una inclemencia que se apagó despacio

en esta lluvia calma de cenizas.

No encuentro a mi ave fénix

pero añoro tus pájaros helados en este invierno inútil.

En este mundo inútil.

Con esta voz inútil.

Quizás puedas darme la llave de otro mundo

en el que amarse no envejezca.

En el juego de rol, lamo tu espacio

de aguas decisivas, como un vórtice

que alimenta los sueños en la nada

y la nada es el mundo que rige la entelequia.

Alguna vez que otra

mi lengua ha recorrido el perfume de luz

sobre tu piel de vidrio

y ha especiado tus senos de muralla

tu vientre hecho con fuertes templos griegos.

Te he caminado entera con mis ojos.

Mordido tu emoción indeclinable,

tu lengua insospechada

tu saliva de animal del verbo.

Tan mía como nadie y tan de nadie

he dormido junto a tu libertad con mis cadenas

emancipado al grito,

unido a las gargantas.

Los besos son los besos con longitud de siglos

y es el semen un rito de crecimiento inhóspito,

en las palabras íntimas

que a veces nos ocupan el fondo del silencio.

Te amé con la torpeza del guerrero angustiado

en la única noche de los hijos.

Te hice mía en el miedo a la distancia y en esta libertad de gato manco

y hemos poblado camas y rincones,

con los hijos absurdos de los dioses que no quieren ser héroes.

Y así estamos, mujer,

igual de indescrifrables que en el mismo

infinito

primer día en que cumplí la ley.

Ahora, no llores…

Ahora no queda nadie para hablar por mí

First they came for the comunists, and I did not speak out—
Because I was not a comunist.
Then they came for the trade unionists, and I did not speak out—
Because I was not a trade unionist.
Then they came for the Jews, and I did not speak out—
Because I was not a Jew.
Then they came for me—and there was no one left to speak for me.

Martin Niemöller

Digamos que nunca fui propenso a escribir distopías.

Cuando uno se acostumbra a vivir dentro de una, la describe como su realidad. En absoluto esa realidad le resulta distópica. Sabe que hay otro mundo, otro escenario que es de los otros, pero el suyo, el diario, es esa distopía en la que vive, ese lugar al que nadie entiende de verdad y al que nadie llega como a una realidad ocurrente, sino como algo que está «en otro país, en otro espacio, hasta en otro mundo» y que provoca en los que se anotician de que existe, comentarios conmiserativos y tristones, comentarios de alarma, de «¡cómo puede ser que no tengan agua, que los niños mueran de enfermedades ridículas o que mueran de hambre; que en los campos de refugiados se pudran los cadáveres junto a las tiendas hasta que llega el extenuado personal a llevárselos y quemarlos por ahí para que no se propaguen más pestes de las que ya hay!» Comentarios hechos desde el confort del sillón en el living; desde la comodidad alimentaria de una cocina nutrida; desde el mullido colchón en que se descansa frente al televisor.

Puedo seguir enumerando estas cosas de la irrealidad en la que media humanidad está sumida, pero no es la cuestión de estas palabras.

Los que vivimos en las distopías no observamos con horror las películas catástrofe ni nos hace preguntarnos nada The walking death. Somos «the walking death».

No nos asombra la muerte porque camina con nosotros a todas partes y chocamos con ella cada diez pasos, mientras imaginamos a cuántos podremos salvar de todos los que están destinados a morir y a cuántos deberemos resignar, porque los suministros no alcanzan y el orden de prioridades a veces debe estar incluído en el protocolo de nuestra conciencia.

Veía, desde esta cuarentena de hoy y aquí, las imágenes de monos, jabalíes, cabras, coyotes y ciervos invadiendo ciudades desiertas y aterrorizadas. Un oso famélico paseando por una avenida. Veía «un mundo sin humanos».

Y veía, también, todos esos microcosmos de los primeros y segundos mundos que tanto se compadecían desde su zona de confort de este último mundo de las distopías humanas donde el agua, el pan y la salud está negado, tomando conciencia de que el hombre es tan lábil como su destino y que frente a algunos enemigos de material genético invencible, con la capacidad de mutar en un abrir y cerrar de ojos y alzarse en su bolsa de espanto con la Humanidad en su conjunto, no hay nada que hacer.

Y este es un virus sereno, no es el Ébola de las distopías, por nombrar uno de «alfombra roja». Es un virus mortalmente sereno, cuya ferocidad consiste no en las muertes que causa sino en la velocidad con la que contagia de forma exponencial y sí, cuando abre la caja de Pandora de su letalidad, la muerte también es terrible, porque de los serenos todos dicen: «cuídate de la ira de los mansos».

Es un virus destinado a enseñarle algo al hombre que el hombre olvidó en cada ocasión en que se le intentó enseñar algo, sea mediante una epidemia o una guerra. Olvidó que la humana es una especie frágil, olvidadiza, innecesaria y dañina per sè.

Alguna vez debería aprender que la verdadera distopía no consiste en vivir donde yo he vivido, sino en la zona de confort en la que viven los demás. Esa es la verdadera distopía, la que crea la inopia: olvidarse de todos los prójimos y por sobre todo, olvidarse de que a pesar de ser muy vasto, el barco es uno solo y que, tarde o temprano, el aleteo de la mariposa en la popa, provocará el tsunami que arrasará la nave por la proa.

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